CAPITULO III
CAPITULO III
LA MUERTE
He despertado de nuevo envuelta en un sudor frío. Sentía el terror y el corazón golpeando mi pecho. He tardado en reconocer donde estaba, durante unos segundos creía seguir corriendo por el bosque, sentía las zarzas y los arbustos arañando mis piernas, mis brazos, mi cara... Corría y corría huyendo de algo o alguien hasta llegar al risco, allí me detenía jadeante pegajosa de sudor y me volvía... Eché a llorar como una niña escondida entre las sábanas, ocultando mi llanto para evitar el desasosiego de mis tíos.
¿Por qué siempre la misma pesadilla?
El tren sale de la Estación del Norte. La estación como todos nosotros ha ido cambiando. Después de la guerra quedó muy deteriorada. Los bombardeos a Madrid habían sido continuos y quedó en ruinas como casi todo en esta España cansada y dolida. Oí decir, ya no recuerdo si fue a mi padre, que estaba herida de muerte, no sé si de muerte, quizá eso lo puedan decir generaciones futuras, pero si hubo algo que se perdió y no hemos podido recuperar. Sé que mi juventud puede dar a entender que no soy quién para hablar así. Parte de mi infancia en
Lisboa y mi existencia privilegiada en Madrid podrían indicar lo contrario. Sin embargo nunca he podido olvidar la mirada en aquellos rostros famélicos cuando llegamos, su inmensa desolación y el sentimiento de pérdida. El mismo que vi en mis primeros paseos por el barrio de mis tíos o en mis escapadas al extrarradio. Incluso ahora en la estación, puedo sentirlo, la gente pulula con su maleta de cartón, o sus hatillos a la espalda, los abrigos a los que se les había dado la vuelta y los zapatos gastados. Sus ojos no muestran la ilusión de un viaje, sino la amargura de quien viene a buscar una forma de vivir distinta a su lugar de origen, una oportunidad de que sus hijos puedan ser distintos a ellos. Sólo en la parte de los vagones de primera ves la sonrisa, la despreocupación, la frivolidad, las maletas de piel y las sombrereras. Me siento fuera de lugar, me avergüenzo de mis ropas nuevas y mi sombrero a la moda, pero los demás apenas me miran, los unos por qué su preocupación se lo impide y los otros por su indiferencia a todo lo que les rodea.
La tía Mercedes me ha dejado sentada en mi compartimento, con la fiel promesa de no entablar conversación con los extraños que puedan sentarse a mi lado. La he tranquilizado y prometido que la escribiría en cuanto llegara, que iría a misa y rezaría el rosario todos los días. El tío Juan nos observaba desde el andén, con su expresión serena, moviendo ligeramente la cabeza ante la actitud de su mujer. Al final ha tenido que entrar a buscarla poco antes de que el tren saliera. No hemos podido evitar una lágrima cuando el tren ha comenzado a moverse.
He bajado la ventana para sacar la cabeza y saludar junto a los demás pasajeros, al fin y al cabo era mi primer viaje sola y a pesar del motivo de éste, estaba emocionada.
Poco a poco nos alejamos de la estación. El viaje es largo. Los campos pasan ante mis ojos, las gentes, los animales, todo corre. Hasta mi corazón que galopa como esos caballos de la Sierra de Madrid que se asustan si el maquinista hace sonar el silbato del tren. En mi compartimento se ha sentado un matrimonio. Ella es muy hermosa y elegante. El parece mucho mayor que ella y no me gusta cómo me mira, asique he salido al pasillo y he recorrido el tren. A pesar de las recomendaciones de la tía he ido al aseo y a la cafetería. Cierto es que hay más hombres que mujeres pero tenía la necesidad de tomar algo. He entrado con la mirada baja tal y como me han enseñado y procurando que mí figura no se moviera al andar. Me he dirigido al camarero con la mayor discreción y le he pedido un café con leche, como no tengo quien me reprenda lo he pedido largo de café. De repente me he sentido libre, como si nada más importara y se me ha escapado una sonrisa que he tapado
inmediatamente. ¡Qué feliz era cuando sólo era una niña en el campo! Me vuelve loca tanta constricción, tanto apocamiento. ¿Por qué no podemos dejar que nuestra alegría o nuestra pena salgan al exterior? El camarero muy atentamente me ha dicho que me lo serviría en mi compartimento, vamos me ha dicho "muy amablemente que ese no era un sitio para mí". Un poco desairada y morruda he vuelto tras mis pasos, el matrimonio ha desaparecido y ha sido sustituido por dos monjas que me miran con cierta desaprobación. He cogido uno de mis libros, procurando que no se viese mucho su título no fuera a ser que también me llamaran la atención por ello y he esperado paciente mi café. En el fondo he pedido café porque tengo miedo a quedarme dormida ante extraños, una cosa es despertar asustada en casa y otra muy distinta hacerlo ante desconocidos, aunque fueran monjas. ¡Ha saber qué pensarían!
A pesar de mis esfuerzos me he quedado dormida, con un sueño ligero y he despertado cuando el revisor ha pasado gritando la siguiente parada.
- ¡Oviedo! Quince minutos -pregonaba por el pasillo.
Me he sobresaltado un poco pero he guardado la compostura. Mi corazón volvía a latir enfurecido, ahora a causa del miedo al reencuentro con la abuela y con mamá. El hecho de que la abuela hubiera escrito pidiendo que volviera daba a entender que estaba grave. ¿Llegaría a tiempo? - ¡Por favor, por favor, por favor! -me repito una y otra vez a mi misma. ¡Espérame mamá!
Al detenerse el tren he visto a la abuela hablando con alguien que me resultaba familiar. Me ha parecido que ella no estaba cómoda y él, tocándose el ala del sombrero, se ha despedido con una triste sonrisa.
- ¡Abuela! -He gritado desde la ventanilla- ¡Aquí, aquí!
Ha sonreído, su mirada es triste y parece que ha envejecido. Aun así ella ha corrido hacía mi compartimento a esperar a que bajara.
No podría describir lo que he sentido. Miedo a adentrarme en sus ojos, alegría de volver a la que considero mi tierra... ¡Ha sido una mezcla de sentimientos tan dispares...!
- ¡Abuela! -he susurrado abrazándola fuerte- ¡Abuela!
Mis ojos se han llenado de lágrimas incapaz de separarme de ella. Mi abuela María me ha retirado suavemente limpiando mis lágrimas con su pañuelo que huele a limpio, que huele a ella.
- ¡Mara, mi dulce Mara! ¿Cómo ha sido el viaje? ¿Tuviste problemas? -Pregunta acariciando mi cara, retirando mis cabellos del rostro- ¿Has dormido algo?
- Ha ido todo bien, todo bien -respondo cogiendo la maleta y agarrando su brazo- ¿Y mamá? ¿Cómo es que has venido tú a buscarme? ¿No habrá...? -pregunto temerosa.
- Tranquila, pequeña. Tu madre está en casa. No sabe que vienes. No quise alterarla en su estado -intenta parecer tranquila pero sé que me está mintiendo- ¿Te acuerdas de María, nuestra amiga? -Asiento con la cabeza- Se ha ofrecido a quedarse con ella.
- Dime la verdad ¿cómo está? -no puedo más con mi desazón y necesito saber cuál es la situación.
- Cariño... el médico ha dicho que ha aceptado su suerte... no quiere luchar más.
He sentido como mi corazón se encogía, a pesar de mis reproches, de su abandono, de la necesidad de ella durante estos años sin respuesta, mi alma ha gritado su nombre. La quiero y descubro que nunca podría dejar de quererla.
- ¿Cómo empezó todo? ¿Por qué no me avisaste antes? -Hemos empezado a caminar hacia la calle Uría. Sus pasos no son tan firmes como yo recordaba pero siguen siendo decididos.
- Al principio pensamos que era cosa de poco. Ya sabes un resfriado... Al fin conseguí que aceptara visitar a un médico. -Suspiró- La diagnosticó tuberculosis -ahogué una exclamación- He procurado que tuviera buena comida, que descansara. Ha sido inútil. Todo inútil...
- ¿Cómo os habéis apañado? ¿Con las joyas de mamá?
- ¡Shhh! ¡Calla! ¡Eso ni lo nombres! -La abuela me mira enfadada- ¡Hay oídos y ojos en todas partes!
- Pero...
- ¡No hay peros niña! Hay que acostumbrarse a ver, oír y callar.
No ha vuelto hablar hasta llegar a la estación de los coches de línea. Es nueva. Está en el subterráneo de unos altos edificios, he visto la cafetería, las pequeñas tiendas de recuerdos y comida. He remoloneado por allí mientras la abuela sacaba los billetes. Cuando ha venido a buscarme y nos hemos dirigido al coche he visto mucha gente esperando. Hombres y mujeres con cestas que regresan de vender o comprar en el mercado. Algunos han saludado a la abuela y después a mí. Todos elogiaban que estuviera tan alta y tan moza. Otros nos han ofrecido pan para el camino pero ella lo ha rechazado cortésmente.
- ¡Hija son buena gente, pero si les cogemos el pan hoy comerán menos en su casa! -Dice la abuela acariciando mi mano.
El viaje ha sido un paseo comparado con las horas en tren. A través de la ventanilla he visto como poco a poco llegan los paisajes conocidos, el río sinuoso y cantarín, la Peña del Castillo, los riscos que parece que van a
besarse, el tren que pasa cerca de nosotros cargado con el carbón que se saca de las entrañas de la tierra. Las casitas a la vera de la carretera con sus gentes que faenan en el huerto o en los prados. Todo tan diferente a cuando volví la otra vez. Ya no se veían los estragos de las bombas, ni los camiones llenos de prisioneros, ni a los niños solos. Al menos, aparentemente, la vida había surgido allí donde parecía estar muerta para siempre.
Al llegar a nuestro destino, hemos echado a andar hasta llegar al sendero que lleva a casa de la abuela. Mi corazón late tan fuerte que creo que va salir al encuentro de mi madre. A penas me he fijado en el estado del jardín o de la casa. He dejado la maleta en la cocina mientras saludaba a María y subo las escaleras corriendo. Me detengo ante la puerta intentando serenarme. Ahora sí, intentando sujetar mi corazón que se desboca, abro la puerta.
La luz del mediodía entra por la ventana, tamizada por el suave y gastado visillo que la cubre. Mamá está en su cama, en una mesilla mis retratos, todos los que enviaron mis tíos en cada una de las ocasiones importantes de mi vida, en la otra una bandeja con una jarra de agua y unos frasquitos de medicina. Tiene los ojos cerrados y ¡me parece tan pequeña envuelta en sus sábanas blancas, las que ella prefiere, cubierta con una raída colcha de seda!
Despacio me acercó, comiéndome las lágrimas que quieren asomarse a mis ojos. Dulcemente me siento a su lado y acaricio sus suaves cabellos, apartándolos de su frente. Pausadamente abre sus ojos y le cuesta dirigir su mirada hasta mí.
- Mamá -la susurro dándole un beso en su frente. Al fin consigue verme, como si lo hiciera a través de la bruma, a través de un sueño y sonríe.
- ¡Cuánto has crecido mi niña! Eres ya una mujer... -algo enturbia su mirada- No deberías haber venido.
- No hubieras podido impedirlo -he contestado con una gesto- Ya sabes lo cabezota que soy.
- Como tu padre...
- Y como tú.
Mi madre me ha cogido la mano y la acaricia. Sus dedos ya no son tan delicados como antes pero sigue dándome esa seguridad que tanto he echado en falta.
- Prométeme que regresarás a Madrid en cuanto esto termine.
- No, no lo haré -mi voz sale dócil pero mi tono es firme. Mamá cierra los ojos y unas lágrimas asoman en ellos.
- Hija... mi niña querida... no ha habido nada más doloroso que tenerte alejada de mí.
Me agarra fuerte por la muñeca he intenta incorporarse.
- ¡Nunca pienses que no te he querido! ¡Lo he hecho más que a mi propia vida! ¡Nunca lo olvides!
Mamá ha caído pesadamente y su respiración se ha vuelto agitada.
- ¡José, has venido! -exclama con la mirada fija tras de mí.- ¡Cuánto te he echado de menos!
-¡Abuela, abuela! - He gritado desde la escalera- ¡Ven abuela! ¡Mamá, mamá!
- He hecho cuanto he podido, José -continua diciendo mi madre- ¡He intentado protegerla, lo juro!
Mamá ha roto a llorar desconsoladamente y la abuela se ha quedado en el quicio de la puerta como si temiera entrar en el cuarto. He abrazado a mamá colocando mi cabeza en su pecho. Ella lo ha acariciado torpemente y ha seguido diciendo:
- Debo irme, cariño. Tu padre está esperándome....-ha besado mi frente y ha dejado de respirar.
A pasado todo como en una pesadilla de la que no puedes despertarte.
Hemos vestido a mamá con su traje negro, recuerdo lo elegante y guapa que estaba con él. Ahora le queda un poco grande y acentúa la palidez que la muerte ha dejado en su rostro. Entre sus frías manos le han colocado un rosario, tal y como manda la costumbre. La abuela dice que unos días antes de mi llegada el sacerdote vino a darle la extremaunción y que ahora el Señor la habrá acogido en su seno.
Yo no soy capaz de pensar, sólo siento un vacío enorme en mi pecho. El dolor es tan gigantesco que ha ocupado todo mi ser, mis ojos ya se han secado y las preguntas sin respuestas se deslizan una tras otras en mi cabeza: "apenas había cumplido los cuarenta y tres años, era muy joven, ¿no había sufrido ya bastante?, ¿por qué cuando yo podía regresar a su lado para siempre, ella se había ido?...."
La tía Mercedes y el tío Juan también están aquí. El tío ocupándose de los trámites del entierro y la tía sentada entre la abuela y yo, sin saber a quién intentar consolar, ¡tal es nuestra desolación! Los vecinos han llegado poco a poco, con lo poco que tienen en sus casas; achicoria, pan dulce, chorizo y queso, vino... para poder pasar la noche. En mis oídos resuenan las palabras de todos:
- Está muy guapa. La muerte ha sido buena con ella...
- Era una gran mujer. Siempre tan dispuesta a echar una mano...
- ¡Qué lástima! Era aún joven...
- Sí, esta maldita enfermedad se está llevando uno a uno a todo el pueblo....
Las idas y venidas de todos los que la apreciaban y de otros, que apenas la conocían pero que aprovechaban estas ocasiones para comer algo caliente y tomar una copa de coñac, eran constantes. Las costumbres del pueblo, acompañar a la familia en ese duro trance y charlar con los vecinos de las vicisitudes del día a día.
No sé con quién, ni cómo he llegado al cementerio. A mamá le hubiese gustado descansar junto a papá, en el prado de delante de casa, bajo las hortensias, pero eso es impensable, incinerar un cuerpo es un sacrilegio, y enterrarlo fuera de tierra sagrada algo así como una maldición. He dejado de luchar contra todo hace mucho tiempo, mis labios no se despegan más que para dar las gracias a los asistentes. Han abierto el panteón familiar, la abuela se ha acercado a mí y me ha abrazado.
- Aquí también estará bien, hija -susurra besando mi mano. De sus ojos brotan finas lágrimas que corren por su rostro marcando cada arruga, cada pliegue...
La miro y me lleno de compasión hacia ella. Está a mi lado confortándome mientras entierran a su única hija. El dolor es intenso bajo la luz de esta mañana de julio, a nuestro alrededor, incluso el triste cementerio está lleno de vida.
He cerrado los ojos y he sentido como caía torpemente entre los brazos de la abuela. Después silencio, descanso, paz, nada. Poco a poco, las voces que me llamaban, las manos que golpeaban suavemente mi rostro, los murmullos asustados de los presentes, me han ido devolviendo a la realidad, a esa de la que huía.
Me negaba a abrir los ojos, como una niña ofuscada. Siento unos brazos fuertes que me acogen y he pensado que es el tío Juan que me protege como tantas otras veces lo ha hecho cuando era niña.
Al fin, poco a poco, he ido despegando mis párpados. Entre las brumas que empañan mi mirada ha ido apareciendo un rostro desconocido, y sus ojos se han clavado en los míos. De mi pecho ha brotado un grito ahogado y en sus rasgos se ha dibujado una gran tristeza. Sin decir palabra me ha ayudado a levantarme y el
tío Juan le ha apartado con un suave gesto.
El panteón se está cerrando y he roto a llorar con la angustia de la última despedida, la abuela a mi lado, más anciana que nunca, encogida en su vestido negro, sollozaba amargamente en los brazos de la tía Mercedes.
Después de despedir a los que nos habían acompañado dándoles las gracias con semblante ausente, nos han llevado al coche del tío. Apoyo tristemente mi cabeza sobre el cristal y he vuelto a verle. Lejano y presente al mismo tiempo, llevando de su brazo a una mujer a la que le costaba caminar, a pesar de que parecía tener la
edad de mamá, él la habla suavemente y acaricia cariñoso su mano. Al levantar su cabeza nuestras miradas se han cruzado: era el mismo joven que había visto hablando con la abuela María en la estación del tren.
El coche ha iniciado su marcha y he cerrado los ojos con desconsuelo.
La primera noche sin mamá ha pasado entre duermevelas. La mañana ha llegado sin ser invitada y los rayos de sol se han filtrado entre las contraventanas desvencijadas. Con el peso de la pena he conseguido levantarme torpemente y abrir la ventana. Allí en el prado dos macizos de hortensias moradas.
- Siento no haber podido enterraros juntos.... -digo en voz alta sin darme cuenta.
En camisón, bajo las escaleras suavemente. No oigo ruidos en la casa, quizá aún estén descansando. La cocina está desierta, acaricio la mesa de madera donde de niña me gustaba ayudar a amasar el pan, mis dedos recorren las alacenas, las tazas, los viejos platos... Encuentro el delantal de mamá en un cajón y lo tomo
cuidadosamente llevándolo a mis labios. ¿Es cosa mía o todavía huela a ella? Salgo al patio, estoy descalza, el rocío de la mañana empapa mis pies, siento la tierra en mis dedos y la brisa me envuelve en un suave abrazo. Cierro los ojos y aspiro fuerte el olor de la vida que disipa un poco el dolor de mi pecho.
- ¡Mara! ¿Estás bien?
- ¡Abuela! -Exclamo sobresaltada- Creí que dormías.
- A mis años, se duerme poco y se piensa mucho -Me ha agarrado de la cintura y ha apoyado su cabeza en mi hombro. Nunca me había percatado de lo menuda que era. Siempre me ha parecido una mujer alta, fuerte y ahora.... Al sentirla a mi lado me doy cuenta de lo frágil que es.
- Estoy bien, abuela. ¿Y tú cómo estás? - Es una pregunta de cortesía sé que está deshecha.
- Vacía. Estoy vacía, mi niña. Se fue la alegría de mi vida. He ido perdiendo poco a poco a mis seres queridos pero no es justo enterrar a una hija. No es justo...
La abrazo contra mi pecho acariciando su pelo canoso recogido en su perpetuo moño.
- Me tienes a mí -procuro que mi voz no tiemble y sea serena.
- Mara, tú tienes que volver a Madrid. -Se ha separado de mí y me mira preocupada- Aquí no haces nada.
- No, abuela. No voy a volver a Madrid. Hace mucho tiempo que tomé la decisión de regresar y quedarme.
- ¡Eso no puede ser! ¿De qué habría valido entonces el sacrificio de tu madre?
Nunca la había visto tal alterada, se retuerce nerviosa las manos y su mirada se clava en el macizo de hortensias.
- Abuela ¿Por qué siempre habéis querido alejarme de aquí? Desde que vine de Lisboa ha sido el único lugar donde he querido estar y vosotras me apartasteis de vuestro lado. ¿No entiendes que todo lo que he hecho, mis estudios, mi vida ha sido para conseguir volver a casa? -No he podido evitarlo y mis palabras han sonado a reproche.
- Tú no sabes... No tienes ni idea.... ¿Qué harías en un pueblo como este? -La abuela ha aminado por el prado llevándose las manos a la cabeza- ¿No ves que aquí no hay nada más que pobreza y desolación? ¡Eres una mujer preparada que puede elegir su vida y lo echas todo por la borda!
- ¿Qué puedo elegir mi vida? -He soltado una carcajada- Nunca he podido elegir, no me habéis dejado. Yo sólo deseo estar aquí. Vaya a donde vaya estaré sujeta a unas estúpidas normas sociales. Misa los domingos, rosario por las tardes, costura y saber estar; ejercer mi profesión hasta que me case, que no debe de ser tarde para poder llenarme de hijos. Y si no tengo la suerte de engatusar a un hombre me convertiré en una solterona a ojos de todos que para evitar el qué dirán no saldrá de la iglesia. ¡Vamos abuela, elegir mi vida!
Me he escuchado decir todas esas cosas como si no fuera yo la que hablara. Tanta rabia y resentimiento han explotado en mi pecho con la fuerza de un volcán.
- Eres una desagradecida. ¿Acaso Mercedes y Juan no te han tratado como a una hija? ¿No se han desvivido por ti? -Me ha cogido de los hombros y me ha zarandeado- ¡Te mereces una buena azotaina, niña caprichosa!
- Sí, tienes razón. Es la única familia que he conocido. Los únicos que me han abrazado, me han cuidado y mimado, los que han secado mis lágrimas en esas negras noches de pesadilla. -me he soltado de ella con rabia contenida- Los que me han dado un futuro. ¡Bien! Soy una mujer preparada que puede elegir su vida ¿no? Elijo quedarme en este pueblo, en Villar. Con tu ayuda o sin ella, abriré una escuela y me dedicaré a todos aquellos que lo perdieron todo en esta estúpida guerra. Es mi decisión.
La abuela se ha quedado entre las flores mirando cómo me alejaba. Yo he contenido mis lágrimas y mi impotencia. No me he dirigido a mi cuarto sino al desván ¿Por qué? ¿Qué hice para que no me quisieran a su lado?
He subido, como cuando era niña y me cobijaba los días de lluvia intensa, o cuando me escondía después de una regañina de mamá. Ese olor familiar de humedad y polvo me ha envuelto en su abrazo y he roto a llorar. ¿Era tan extraño querer volver a casa?
He mirado con cariño los muebles desvencijados, la luz que entra por las rendijas del tejado iluminando las telas de araña, haciéndolas parecer encajes bordados. En un rincón, abandonada, mi muñeca de trapo, Rafaela. No sé porque ese nombre pero en su momento me pareció muy apropiado. Ahora viéndola sucia y desgastada
me parece mucho nombre para tan poco cuerpo.
Más allá, el viejo baúl que nunca me dejaron abrir, "el misterioso e intrigante baúl". Siempre me imaginé que estaría lleno de cosas maravillosas, fotos, recuerdos, cartas de enamorados, mi mente de niña podía volar a cualquier sitio y soñar con cualquier mundo. He intentado abrirlo pensando que como siempre estaría cerrado, pero esta vez no, he apretado el cierre y se ha abierto con toda facilidad. Ha sido tan grande mi asombro que mis lágrimas han dejado de caer por mi rostro. Las he limpiado torpemente y he levantado la tapa. ¡Por fin, el misterio iba a resolverse!
El traje de novia de mamá es lo primero que he visto. Tiene el color de las perlas gastadas, entre blanco y marfil. Es tan suave..., de satén de seda. Ahora eso es casi imposible de conseguir y tampoco apropiado para una boda, marca demasiado el cuerpo de la mujer que debe de esconderse según manda el recato y las
formas.
Debajo del vestido hay unas fotos de papá y mamá. He sentido una punzada de nostalgia. ¡Papá está tan guapo con su traje negro y su camisa blanca, con una pequeña flor en el ojal! Mi padre era "casi rubio", como le decía mi madre para provocarle. Él sonreía, con esa sonrisa tan suya, tan cautivadora y especial y replicaba "pero con los ojos azules". Entonces los dos reían como hacían en aquellas fotos que acababan de caer en mis manos. Ella llevaba una mantilla anudada a la cabeza como un pequeño casquete y la tela le caía sobre el cuerpo fruncida por un pequeño camafeo de piedras brillantes bajo el pecho. Encontré la mantilla, los guantes y una pequeña flor seca entre las páginas de un viejo libro de poesía.
Dejé escapar una sonrisa cuando vi dos paquetes de cartas anudados con cinta de raso, uno blanco y otro rojo. En mi mente de niña lo había imaginado tal y como era, como encontrar un cofre lleno de piedras preciosas. La vida de mis padres encerrada en un viejo baúl. Al final del todo entre viejos recortes de periódicos, un cuaderno de tapas duras con diminutas flores verdes y moradas. Una goma hacía que se mantuviese cerrado. Cuidadosamente lo abrí. Sus hojas amarillas desprendían un suave aroma, ese que siempre llevaba mamá antes de regresar a España. En la primera página, su letra alargada y clara.
"Villar, 20 de abril de 1930"
Quizás este pequeño cuaderno pueda desvelarme el motivo de mi abandono.
Mamá había empezado el diario cuando se casó con papá. ¡Hablaba con tanta dulzura de él! Describía el día de su boda de tal manera que me parecía verla vestida con su traje de satén agarrada del brazo de papá y sonriendo en todo momento. Las lágrimas de la abuela María; como entregó el ramo a la tía Mercedes; de los Hevia, María y José que asistieron con sus hijos; de los Viejo; de los Carmoneo; de los Lobo...
Al leer ese apellido siento un escalofrío y a mi mente viene el día que me crucé con Andrés junto al río, el día que su padre salía de caza. ¿Qué habría sido de él? A penas tenía recuerdos después de aquel día...
Las voces que provenían de la cocina me han sacado de mis pensamientos. He dejado el diario guardado en el baúl, no quiero que sepan que lo he encontrado y bajo las escaleras descalza sin hacer apenas ruido. Me detengo en el mismo lugar en el que de niña me sentaba para poder escuchar las conversaciones de mamá y la
abuela. Agudizo mi oído. Creo que la abuela está llorando, los tíos intentan consolarla, pero ella sigue gimiendo, me asomo un poco y puedo llegar a verlos.
- María, tranquilícese -dice la tía Mercedes, tan cariñosa como siempre- Es decisión de la niña. ¿Cree que a nosotros no nos duele? -su voz se trunca pero enseguida se repone- Tarde o temprano sabíamos que esto podía pasar.
- El sacrificio de Lara ha sido en vano... -repetía una y otra vez la abuela.
- No ha sido en vano -el tío Juan se ha acercado a la abuela y le ha tomado las manos- La niña se ha puesto bien, ha crecido sana, ha tenido una vida tranquila, ha sacado una carrera. Pero nunca entendió porque la dejasteis allí cuando sanó. Desde siempre ha sido su deseo regresar, en su mirada a veces distante podíamos leer cuanto añoraba este lugar. Hemos hecho todo lo que hemos podido y sabes que para nosotros es una hija...
- Lo sé, lo sé... -ha contestado la abuela dando suaves golpes en las manos del tío- No es vuestra culpa, nunca podremos..., podré agradecéroslo lo suficiente.
- Es la hija de mi hermano, no hemos hecho más que lo que debíamos hacer. Y ella nos ha compensado con su cariño y respeto. Ahora debemos dejar que vuele un poco sola, si nos empecinamos en que no debe quedarse en Villar puede que recaiga otra vez. Está muy afectada por la muerte de Lara.
La tía Mercedes se ha sentado junto a la abuela y la ha abrazado.
- ¿Sabe cuánto la vamos a echar de menos? Es la alegría de nuestra casa, su parloteo, sus preguntas, sus indignaciones, su buen corazón. ¿Sabe que se escapaba por las tardes a cuidar de los más necesitados al extrarradio de Madrid? -Casi dejo escapar un grito de asombro, y tapo mi boca con las manos- Ella cree que no lo sabemos pero a distancia la protegíamos, comprendimos que ella es así...
- Como su padre -termina de decir el tío Juan- Cuando se propone algo no hay nada que la pueda parar. Si ahora ha decidido ser profesora aquí, removerá cielo y tierra hasta conseguirlo. Es mejor que la echemos una mano. Dios dirá si nos equivocamos o no...
- ¡Dios nos abandonó hace mucho tiempo! -replica la abuela indignada.
Entro interrumpiendo la conversación, todos me miran y se callan. Voy dando un beso a cada uno y dándoles los buenos días. Me detengo ante la abuela y me arrodillo ante ella. Beso sus manos.
- Perdóname, no quería hablarte así. Tú también has sido joven y has tenido sueños, deja que yo intente cumplir los míos. - La abuela María ha mirado a los tíos y luego a mí.
- Está bien. -Contesta acariciando mis mejillas- Podemos intentarlo. Pero yo me he convertido en una vieja gruñona difícil de tratar.
-¡Gracias, gracias! No seré un estorbo. Te ayudaré con las labores del campo y los animales. - Me he vuelto hacia los tíos y me he levantado hacia ellos- No quiero que penséis que no os quiero. Ahora tendréis que venirme a ver y yo cuando pueda iré a pasar unos días con vosotros a nuestra casa.
Es extraño me he sentido feliz, pero una felicidad agridulce. La ausencia de mamá se ha instalado en mí y aunque sonrío y mi corazón se alegra, la pena me acompaña.
Nos hemos sentado a la mesa a desayunar. Hay leche fresca, mantequilla y pan. En el fogón de la cocina hay achicoria y su olor me trae tantos buenos recuerdos....
Hemos hablado de ir al pueblo y buscar un lugar donde poder abrir la escuela. El tío Juan va a hablar con el alcalde y cuando regrese a Madrid se reunirá con algunos amigos que dice que podrán echarnos una mano.
- Por cierto, abuela ¿tú te acuerdas de Andrés? -ella ha buscado la mirada de la tía Mercedes y luego ha cogido su tazón.
- ¿Qué Andrés? -pregunta sin levantar la vista.
- Era un niño del pueblo. Bueno ahora puedo decírtelo. -Remoloneo un poco, aunque ha pasado mucho tiempo era algo que había prometido no contar- Es un Lobo. Ya..., ya sé que me dijisteis que no me acercara a esa familia pero lo encontré en el río y me pareció que estaba tan asustado, y tan solo...
La abuela ha dejado el tazón en la mesa y se ha limpiado pausadamente la comisura de los labios manchados de leche. Me ha parecido que intentaba encontrar las palabras correctas para contestarme. Entonces como si una luz se hubiera prendido en mi mente, me he dado cuenta. Andrés era el hombre con el que había visto hablar a la abuela en la estación, el mismo que había ido al cementerio con, supongo su madre, el mismo que había impedido que cayera al suelo cuando me desmayé...
- ¡Ah, ese Andrés! -Responde fríamente la abuela- No sé mucho de él. Estudió fuera, en Santander creo. Anda por el pueblo.
- ¿No estuviste hablando con él en la estación del tren cuando llegué? -No sé si ha sido cosa mía pero la abuela ha palidecido como si la hubiera cogido en falta.- ¿No estuvo en el entierro de mamá?
-Es posible, niña, vino mucha gente. Y ahora vamos a ponernos manos a la obra.Tengo que atender a los animales. No puedo esperar más tiempo.
Se ha levantado dando por acabada la conversación.
- ¡Me visto en un momento y voy en tu busca! - exclamo levantándome de un salto con una rebanada de pan en la boca.
- ¡Tú aquí! -Responde tajante- Ayuda a tus tíos a instalarse y enséñales la casa. Ya habrá tiempo para lo demás.