EL SECRETO CAPITULO VI

18.10.2014 18:18

CAPITÚLO VI

LA PROPOSICIÓN

Estoy sentada en el jardín. Procuro mantenerme serena. Sé que le dije a Andrés que nos reuniríamos en
nuestro lugar pero no soy lo suficientemente fuerte. Cuando me llevó allí nos envolvió una intimidad que casi nos lleva a un punto sin retorno. Estaba tan perdida que no hubiera podido rechazarle, todo lo contrario me hubiera entregado a él sin reservas. Él se apartó de mí en el último momento y luego dejó de visitarme, antes se hacía en encontradizo en cualquier camino, sin embargo desapareció, dejándose ver en contadas ocasiones sin apenas dirigirnos la palabra. Una noche, mientras me cepillaba el pelo mi corazón empezó a latir
desesperadamente, salí al corredor para tomar el aire, aquel galope ofuscado me quitaba la respiración. Creo que esperaba verlo allí ante mi puerta, pero el prado estaba solitario, los animales callaban y sólo se oía el rumor de las hojas al enfrentarse al viento de la noche. Apoyé las manos en la barandilla y dejé que mis ojos y mi mente vagaran sin rumbo, de repente escuché mi nombre entre el suave devenir de los árboles. Y mi mirada se dirigió hacia la arboleda diciendo su nombre.

¡Qué tontería! Leer tantas novelas románticas me ha deshecho el cerebro.

A mi espalda advierto unos pasos firmes, es Andrés. "Mantén la calma, no te muevas" me digo colocando mis manos sobre la falda.

- ¿Qué tal Mara? ¡No te esperaba por aquí! ¿Ha ocurrido algo? -se le nota preocupado.

- Me dijiste que querías verme y hablar conmigo -respondo tranquila.

- Pensé que nos veríamos...

- Mi abuela me ha dicho que fuiste esta mañana a verla -le miro de frente y veo miedo en sus ojos.

- De eso quería hablarte, verás...

- Me hubiese gustado que primero me lo hubieses dicho a mí. -Mi tono es cariñoso pero firme.- Es curioso, ¿Por
qué a ella antes que a mí? -intenta hablar y no le dejo. Sé que me faltará el valor sino lo digo de carrerilla- Andrés sabes bien lo que siento por ti, creo que quedó patente aquella tarde -mis mejillas se sonrojan y él sonríe- Pero antes de dar ese paso y comprometernos quiero acabar con las mentiras. No sé el motivo pero entre todos intentáis protegerme de algo, lo siento, lo he visto en la preocupación de mi abuela al decirle que te correspondía. No podría vivir así y sea lo que sea prefiero afrontarlo antes de unirme a ti.

- Mara...

- No quiero remover viejas heridas, por nada quisiera hacerte daño, pero un matrimonio no puede edificarse
sobre arenas movedizas. -Suspiro- No tienes que contestarme ahora...

- Si ese es tu deseo, así será -dice apesadumbrado- No es lo que yo quiero para ti pero es mayor el miedo a
perderte. Te quiero desde que éramos unos chiquillos, dos mocosos que correteaban sin temor a nada ni nadie. El miedo anidaba en todos los corazones. Pero ¿qué íbamos a saber nosotros?

Se detiene y toma mis manos.

- Este no es el lugar apropiado para hablar de ello y creo que tu abuela y tus tíos deberían estar presentes.

- ¿Por qué? -pregunto sorprendida.

- Porqué tu abuela estaba allí. No quieres más mentiras pues empecemos por no ocultar esto a las personas que queremos.

- ¿Y tu madre?

- No,  no creo que sepa nada. -Contesta dubitativo- Dejémosla al margen de momento. ¿Te parece?

- Bien. -asiento con la cabeza. No creí que Andrés se prestara a ello tan rápidamente. De verdad le importo, es
cierto que me quiere. Una sonrisa ilumina mi cara.

- ¿Te parece que pase a las seis por tu casa? -Andrés me mira tan profundamente que siento pudor y de nuevo mis mejillas se sonrojan.

- Sí. Les diré que...

- ... que voy a pedir tu mano.

Me besa en los labios apenas un pequeño roce que hace que mi cuerpo se estremezca, ¡soy tan vulnerable a él!
Busca mis ojos, comprendo que le sucede lo mismo.

- Siento interrumpiros -dice Doña Elisa desde el camino empedrado, en su rostro se dibuja una sonrisa- ¿Querrás acompañarnos a comer?

- Gracias, es usted muy amable pero debo regresar a casa -contesto confusa y avergonzada.

- ¡Oh, qué lástima! Pensaba que podría disfrutar un rato de tu compañía... ¡este Andrés es un acaparador!
-Exclama sentándose a mi lado- ¿No te ha ofrecido algo para tomar?

- Madre, le estaba manifestando mi deseo de pedir su mano...

Le miro desconcertada, el rubor se hace dueño de toda mi cara, creo que hasta se me han encendido las pestañas.

Elisa ríe alegre.

- Entonces he llegado en el mejor momento. ¿Y ya le has contestado hija? -pregunta tomando mi mano,
acariciándola.

- Madre, la estás poniendo en un aprieto -contesta Andrés.

- No podría rechazarle -digo mirándole a los ojos.

- Siempre supe que sería así -Doña Elisa suspira- Al fin el círculo se cierra -pronostica enigmática- Hacéis
buena  pareja, os deseo la mayor felicidad. ¡Os dejo! Ya he interrumpido bastante.

Nos levantamos y ella besa mi mejilla.

- Has elegido bien, Mara. Es un buen hombre. -dice alejándose despacio por el sendero.

- Te acompaño hasta casa...

- No prefiero ir sola, déjame asimilar lo que ha ocurrido.

- Al menos hasta el portón. Mi madre se enfadaría si te viera salir sola.

- Está bien.

No sé si llorar o reír, o ambas cosas a la vez. Me siento feliz y asustada, soy un mar de contradicciones.
Vamos caminando hacia la puerta, nos encontramos con Fina y Pilar que nos saludan amablemente.

- Bueno, nos veremos esta tarde.

- A las seis -digo sin mirarle a los ojos.

Andrés me toma por la barbilla y suavemente me obliga a mirarle.

- ¿Estás segura? -pregunta con temor.

- Si lo estoy.

Y mi voz resuena serena y firme.

- Allí estaré.

Apenas doy unos pasos y vuelvo la cabeza. Sonrío feliz. Sin darme cuenta estoy tarareando una canción y cuando ya no puede verme, bailo, salto, grito, río y doy vueltas como si me hubiese vuelto loca.

Les he dicho a todos que Andrés venía estar tarde. Mi tío Juan y la tía Mercedes no estarán se van a Madrid y no pueden aplazar el regreso. Sienten no estar presentes y me desean lo mejor, la tía Mercedes me ha llenado de recomendaciones: "No debes salir sola con él, siempre debes llevar carabina. Mira que a la gente le gusta hablar, ten cuidado si te quedas a solas, no se te ocurra besarlo. Piensa que la noche de bodas es importante, no la estropees antes de tiempo..." ¡En fin! Una tortura. Estoy nerviosa, no porque se haga formal nuestra relación, eso no me asusta. Lo que me preocupa es ese temible secreto que ocultan.

Son casi las seis y con disimulo miro a través de la ventana para ver si llega por el camino. ¡Sí, ahí viene! Mi
corazón da un salto de alegría y vuelvo a mirar el libro que desde hace rato hago que leo. Su voz llega desde la puerta.

- ¿Se puede pasar?

La abuela me hace una señal para que permanezca sentada.

- Sí, Andrés, adelante. -La abuela se atusa su moño y se pasa las manos por su falda.

Andrés entra al salón. Lleva el sombrero blanco en la mano a juego con su traje de lino, el pelo lo lleva un poco
revuelto, nunca le he visto con la gomina que llevan tanto los hombres. ¡Está tan atractivo! No puedo evitar sonreír y se me encienden las mejillas.

- Buenas tardes María -saluda haciendo una inclinación de cabeza en dirección a mi abuela- Buenas tardes
Mara.

A mí me sonríe y me llena el corazón de alegría.

- Toma asiento -La abuela le indica que se siente en un sillón enfrente de ambas- Mara me ha dicho que querías
hablar con nosotros. Mercedes y Juan han tenido que partir a Madrid, te piden que les disculpes por su ausencia.

- Acepto las disculpas, sé que ha sido un poco precipitado pero era necesario que hablase con usted.

El rostro de Andrés se ha tornado preocupado, y se ha producido un pequeño silencio antes de continuar.

- Mara acepta mi proposición pero ha puesto una condición para seguir adelante. Quiere saber la verdad.

La abuela se ha puesto nerviosa, sus manos han empezado a jugar con un pliegue de su falda y ha mirado a Andrés casi con pavor.

- Abuela, necesito saber que pasó. Mamá no se hubiera desprendido de mí sin un motivo importante. El último
día de su vida repetía una y otra vez que había hecho todo lo que había podido para alejarme. Vosotros sabéis lo que ocurrió. No podría ser feliz con ese vacío que todos conocen menos yo.

Mi voz suena firme y decidida. La abuela duda pero asiente con la cabeza.

- Yo sólo puedo contarte lo que viví. Hay otra parte que Andrés conoce y otra que sólo conoces tú. Creo que tu
mente hizo que lo olvidaras para protegerte. No queríamos abrir la puerta de tus recuerdos.- Carraspea y su voz tiembla.- Una mañana, mientras tu jugabas por el bosque, llegaron los regulares. Al mando estaba el capitán Lobo, Isidro, el padre de Andrés.- Cierra los ojos y veo que una lágrima recorre sus mejillas- Venía como loco, entró dando golpes a todo lo que encontraba, revolvió la casa de arriba abajo buscando ¡no sé qué!, ya se lo habían llevado todo. Entonces preguntó por tu madre, no estaba había salido a lavar al río como otras veces. Le dije que no sabía y me abofeteó, me insultó con palabras que no puedo, ni quiero repetir. No me importaba ninguna de las dos personas más importantes en mi vida estaba allí. Creía que estabais seguras que cuando
volvierais ellos ya se habrían marchado. No fue así, tu madre llegó y me encontró en el suelo. Los hombres de Lobo me daban patadas y puñetazos.

Se tapa la cara con las manos y solloza amargamente. Andrés se levanta y la abraza.

- ¿Estas segura de querer seguir oyendo? -pregunta mirándome a los ojos.

Estoy decidida y con gesto demudado indico que sí con la cabeza. La abuela se seca torpemente las lágrimas y continúa:

- Lara se abalanzó sobre él increpándole. La sujetó con sus brazos y soltó una carcajada que me heló la
sangre. Las palabras soeces que pronunció se clavaron en mi alma. Intenté levantarme pero me sujetaron, intenté apelar a la amistad de nuestras familias. Aquello le enfureció más. Puedes imaginarte lo que pasó. La tomó allí mismo, delante de mí y después se la dio a sus hombres.

De mi boca sale un grito de dolor, nunca hubiera podido imaginar algo tan terrible. Corro a abrazarla, lloro junto a ella.

- Lo siento abuela, lo siento...

Andrés está consternado.

- María yo...

. Tú no tienes la culpa hijo. Ese hombre tenía demasiado veneno dentro. Nunca fue bueno y no supimos verlo. En medio de tanta brutalidad llegaste tú sonriendo. -Abre los ojos y me mira- Nunca olvidaré tu cara de terror, sostenías unas flores que cayeron de tus manos muertas. Te grité para que salieras de allí corriendo. Isidro salió tras de ti. Al cabo de unas horas te trajo Andrés, no hablabas, tu mirada estaba sin vida, perdida por completo. Avisamos a tus tíos y ellos decidieron llevarte a Madrid. Era el único lugar donde podrían hacer algo por ti. Alejarte de aquí era la única terapia que se nos ocurrió. Luego fuiste mejorando y Lara, tu madre, se negó a que volvieras. Tenía miedo a que recordaras, se sentía sucia y avergonzada.

Lo que estaba oyendo me dejó sin habla. Estaba horrorizada pero seguía sin recordar.

- En mis pesadillas corro por el bosque, angustiada, llena de temor. No sé de quién huyo ni porqué sólo que debo seguir corriendo -digo al fin entrecortadamente.

Miro a Andrés interrogante. En mi mente se forja una oscura idea que me empeño en rechazar.

- Todo empezó en el bosque -no se atreve a mirar a mi abuela- Esa mañana tú y yo jugábamos como siempre cerca del río. Éramos dos niños pero sentíamos algo especial el uno por el otro. No pude evitarlo y... te besé. Un beso inocente en los labios que alguien vio y que corrió a contárselo a mi padre. Creo que eso desencadenó su furia. De camino a casa, después de dejarte a ti en el cercado, me crucé con algunos vecinos que
comentaban a hurtadillas que mi padre había ido de escaramuza a tu casa. Me asusté tanto que eché a correr para avisaros. En mi carrera oí la voz de mi padre y supuse por sus palabras que iba tras de ti. Estaba lejos me daba la sensación de que mis piernas eran de plomo, cuanto más rápido quería ir, más despacio parecía que me movía. Escuché gritos e improperios de mi padre, al fin estaba cerca, al llegar al risco sólo te vi a ti. Estabas echa un ovillo sobre ti misma, no dejabas de llorar, no había rastro de mi padre. Entonces miré hacia el precipicio. - Tragó saliva- Estaba allí tirado, como un muñeco de trapo ensangrentado. Sentí alivio, un alivio infinito. Me arrodillé a tu lado y te acuné para tranquilizarte. Cuando dejaste de llorar te tomé en brazos y te
llevé a casa. Eso fue lo que pasó.

Un pesado silencio se apoderó de la estancia, mi abuela dejaba que las lágrimas se deslizaran por sus mejillas,
Andrés me miraba con emociones encontradas.

- Yo... ¿yo maté a tu padre? -pregunté al fin rompiendo la quietud del momento.

- Mara, hija... -dice la abuela secando sus lágrimas con el dorso de la mano.

- No creo que pudieras hacerlo -contesta Andrés retirando un mechón de mis cabellos de la cara- Eras un niña,
con el peso de un pajarillo, es imposible que le empujaras. Lo más probable es que resbalara y cayera él solo.

No me atrevía a preguntarlo pero debía hacerlo.

- ¿Me forzó? -dije bajando la vista al suelo.

- No -contestó rotunda la abuela- Sólo te golpeó, traías moratones y la mejilla y los labios hinchados.

- No consigo recordar, no puedo... -digo rompiendo a llorar.

- Pediste la verdad y te la hemos dado -la abuela se acerca a mí y besa mi pelo- No te empecines ahora en
recordar lo que tu mente ocultó sabiamente.

- Mara el pasado debe quedar atrás. -dice Andrés suavemente.

Asiento con un leve movimiento de cabeza. Me levanto despacio.

- Andrés si tu madre supiera que quizá yo...

- Nadie de mi familia te reprocha nada. Lo que hizo mi padre fue lo que alejó a nuestras familias. Mi madre se sintió tan avergonzada que no fue capaz de acercarse a Lara ni a María por miedo a su rechazo pero siguió queriéndolas en la distancia. Al fallecer tu madre rompió a llorar tan desconsoladamente que creí que iba a enfermar. Tu primera visita la hizo renacer, la devolvió la sonrisa. Créeme Mara serás bienvenida en casa.

En mis labios se dibuja una media sonrisa. Estoy aturdida, las palabras golpean mi mente una y otra vez.

- Abuela, ¿das tu permiso? -pregunto apenas sin voz.

- Sí, mereces ser feliz hija.

- Andrés, acepto tu proposición. Ahora debéis perdonadme. Necesito descansar.

Y sin esperar respuesta salgo de la sala. Siento un gran peso y un gran vacío en mi alma. Al fin conozco la
verdad. Pero esta verdad es tan cruel... siempre culpando a mamá de su abandono sin siquiera sospechar lo que ella tuvo que sufrir. No me atrevo a imaginar lo que le supuso la vejación de esos animales, el miedo que sentiría al pensar que pudieran culparme de la muerte de Isidro... Andrés tenía razón hizo lo que tenía
que hacer, lo que yo misma hubiera hecho en su situación a pesar de que eso le rompiera el alma. Me echo en la cama y rompo a llorar. Lloro por mamá, por la abuela, por nuestra amarga existencia, por los reproches que una y otra vez las hice... por la dolorosa culpa que ha arrastrado Andrés durante tantos años.
Lloro, como si eso pudiese borrar todo el sufrimiento.

El día ha amanecido gris. Ha llovido y el paisaje que veo cuando me asomo a la ventana aparece limpio, bien
definido como si unas manos lo hubieran lavado y planchado para el disfrute de los que se paren a mirarlo. Los macizos de hortensias gotean aún finas gotas de agua que caen en la tierra. Esta tierra que acoge todos los llantos, la vida y la muerte. A lo lejos apenas puedo ver Peña Rueda, majestuosa como siempre pero
escondida entre la niebla, los manzanos, las higueras, los castaños todos parecen vestidos de fiesta. Lo que no deja ver el sol cuando brilla, lo muestra el agua que lo purifica todo.

Me siento cansada, me acompaña un gran sentimiento de pérdida. Ahora más que nunca quisiera que mamá estuviera aquí a mi lado, que acariciara mi rostro y me consolara como hacía con papá. Oír sus dulces palabras siempre acertadas que calmaban como un bálsamo un corazón roto. Suspiro, ya no está, puedo imaginármela sufriendo su desdicha en silencio, había perdido a papá y luego me había perdido a mí. La felicidad que
un día anidó en esta casa, en esta familia, se esfumó por una guerra inútil, por la envidia y el resquemor. La alegría fue sustituida por el dolor y el miedo. Y ahora..., ahora el vacío.

Me dejo caer en la cama, debería sentirme alegre, el hombre al que amo quiere unir su vida a la mía. La aflicción es más grande que el gozo. Mi madre decía que el tiempo ponía todo en su sitio, quizá ha llegado el momento de que las familias vuelvan a unirse... ¿y si no fuera así?, ¿podré vivir en la casa que albergó al causante de tanto sufrimiento?, ¿cuánto de él queda aún allí?

Me levanto, cojo un viejo chal de mi madre y me envuelvo en él. La casa está silenciosa, la abuela aún no se ha
levantado, como un fantasma me deslizo por las escaleras, abro silenciosa la vieja puerta y salgo. El frescor de la mañana rasga mi rostro y me despeja, recorro el jardín hasta la parte de atrás, allí ella no puede verme. La hierba mojada empapa mis pies que me guían al desgastado banco que casi se esconde entre los cinamomos abandonados. Se respira paz, mi alma encuentra consuelo en la soledad de la mañana, mis ojos se inundan de la inmensidad de la vista que me ofrece esta perturbadora tierra, dura, agreste y seductora que ha conquistado
mi corazón.

Una firme mano en mi hombro hace que me sobresalte.

- Vas a quedarte helada -dice Andrés a mis espaldas.

Me vuelvo despacio.

- Entendería que no quisieras seguir conmigo después de lo que hizo mi padre.

Me toma por los hombros y le miro a los ojos. Me veo reflejada en ellos, sé que no podría vivir sin él.

- Tu padre destrozó esta familia, sí, pero no permitiré que vuelva a hacerlo.

Sonríe y se ilumina su rostro. Luego suavemente, con un pequeño suspiro acerca sus labios a los míos y me
besa. Larga y profundamente, haciendo que me estremezca. Una mano rodea mi cintura y otra sujeta mi cabeza mientras acaricia mis cabellos. Me siento por primera vez, en mucho tiempo, segura.


Van pasando los días, el verano ha quedado atrás, y el otoño deja paso al invierno. Los árboles han cambiado
sus verdes hojas por pesados copos de nieve. El frío ha dejado un paisaje en blanco y negro, los caminos ahora son lodazales y sólo la pequeña carretera es transitable. Rescaté las madreñas de mamá perdidas entre las zapatillas y utensilios de labrar la tierra. Ha sido una sorpresa ver que puedo mantenerme en ellas sin romperme un tobillo. Llevo su viejo abrigo, aún conserva el olor de ella, a pesar de las regañinas de la abuela que se empeña en que debo ir mejor vestida ahora que estoy comprometida con Andrés.

A mi todas esas cosas me dan igual, creo que el abrigo de mamá es bonito a pesar de estar un poco ajado, y
abriga, lo más importante en estos días tan fríos. Aunque la fecha de la boda no está fijada, hemos decido esperar dos años para que la muerte de mi madre no esté tan reciente. "Cosas del qué dirán" a las que no consigo acostumbrarme, a veces me gustaría vivir en un monte y de verdad ser libre. Mi corazón está
lleno de tristezas y alegrías, empiezo a comprender que la vida es así, hermosa y amarga. No hay felicidad que no vaya de la mano de la tristeza, me case mañana o dentro de dos años la falta de mis padres será mi compañera y el punzante dolor de la pérdida se deslizará entre los pliegues de mi blanco vestido de novia.

Sonrío sin apenas darme cuenta, tampoco podré llevar el vestido de mamá, "demasiado escandaloso para estos
tiempos, el satén marca demasiado las formas de una mujer y no es decente". Sé que la abuela no piensa de verdad así, es una mujer liberal y abierta a nuevas ideas pero marcada por nuestro pasado de "rojos", no puede permitirse un mal paso. Todo ha de ser como mandan las nuevas costumbres. Y yo... cedo para verla feliz.

En primavera iremos a Oviedo a por telas para mi ajuar, y el tío Juan y la tía Mercedes se encargarán de
comprarme el vestido de novia. Quieren que lo encargue en Madrid.

Madrid, lo veo tan lejano..., a veces hasta lo añoro, su gente, su Gran Vía, el barrio de Lavapiés, la Latina
con su teatro de variedades.... A pesar de mi amor por esta tierra, Madrid y yo crecimos juntas. Juntas curamos nuestras heridas, me enseñó su lado bello y su rostro desconsolado y siempre la recordaré como a una vieja amiga.

Estoy llegando a la escuela, a lo lejos veo a los niños esperando a la puerta. Ahora en invierno vienen casi
todos, les saludo con el brazo y algunos echan a correr hacia mí. Los abrazo cuando llegan y beso sus frías mejillas. Me acompañan entre risas, preguntas y zarandeos. En la puerta todos me rodean como los polluelos a su gallina, me cuesta abrir con tanto alborozo y casi nos caemos al suelo al conseguirlo. Cada uno ya sabe lo que tiene que hacer: Matías reparte los cuadernos, Candela los babis colgados en las perchas, Gaspar me cuelga el abrigo mientras me dirijo a encender la chimenea. Sin ella nos moriríamos de frío. Cuando el calor empieza a notarse, los niños van quitándose el abrigo, se sientan en sus pupitres y abren sus cuadernos. Me miran con los ojos muy abiertos aguardando el comienzo de las clases. Yo también me coloco mi bata blanca y saco del bolsillo una tiza.

- Hoy niños empezaremos con un pequeño dictado -algunos protestan un poco- ya sé que todavía os cuesta. No os preocupéis cuando acabemos el curso en primavera lo haréis estupendamente bien. Vamos. "Mi... mamá... me.... ama... y.... yo.... amo.... a.... mi... mamá"

Viéndolos con sus caras concentradas intentando escribir las palabras que voy diciendo, esforzándose en
hacerlo bien, más por satisfacerme a mí que por ellos mismos, me doy cuenta de lo afortunada que soy. Estoy realizando mi sueño; intentar darles una oportunidad a estos niños, que son "mis niños" y mi alma se llena de gozo.

A veces el tiempo pasa a nuestro lado sin darnos apenas cuenta y otras se detiene revoloteando a nuestro alrededor posándose en nuestros hombros, levantando un suave rumor de faldas o meciendo suavemente el cabello.

Si he de decir la verdad, soy feliz. Pero..., siempre hay un pero, y en mi caso es que, efectivamente, la verdad no siempre te hace libre. Mi dolorosa historia familiar, descubierta su cara, libre de maquillajes y accesorios, me ha hecho ver lo despreciables que podemos llegar a ser. Pasé años angustiada por la falta de querencia de mi madre, culpándola de mi abandono. ¡Cuánto dolor en su corazón cuando me llevaron de su lado sin apenas hablar! ¡Cuánto el sufrimiento de no verme crecer! Y yo creciendo con el temor de haber cometido algún lejano pecado que sin conocerlo me había expulsado del paraíso.

Las palabras de mi padre resuenan en mi cabeza "... la guerra saca lo peor de cada uno....", es cierto, la ira acumulada en años escapó un día arrasando todo lo bueno que quedaba y llevándoselo todo incluso al instigador de tanto horror. Sigo preguntándome si fui yo la que despeñó a ese lobo rabioso, o fue la providencia la que le empujó a su merecido final. Da igual, el daño ya está hecho.... y debo seguir adelante como todos, a veces dando traspiés.

En estos meses de tranquilidad y paseos junto a Andrés, hemos evitado hablar de ello. A ambos nos supone un gran dolor, nuestra nueva vida juntos llevará esa carga que espero vaya diluyéndose con el tiempo.

Hemos engañado a la tristeza con nuestros planes de futuro. Decidimos arreglar la casa de la abuela María e instalarnos allí. Andrés tendría su consulta en casa de su madre, así no notaría tanto su ausencia. Y así a pasito corto hemos iniciado nuestra andadura. Al regresar de la escuela me dedico a ayudar a la abuela con la restauración de la casa, ella sonríe al ver que vuelve a brillar como es sus mejores tiempos.

Nunca me he parado a describir esta casa que amo tanto. Es una casa grande toda de piedra, tiene dos plantas y mi adorado desván. Antes de llegar  te
encuentras con una vieja portilla, al cruzarla entras en un gran prado verde, un pequeño camino te conduce hasta ella. Como si se tratase de unas antiguas
columnas dos grandes macizos de hortensias coronan el camino abriendo paso a la antojana. En esta fachada está la antigua puerta de madera que conduce al interior. Ahí encontramos un amplio distribuidor, de frente las escaleras que suben a la planta de arriba donde yo me sentaba a escuchar hablar a mi madre y a mi abuela. A la izquierda la cocina, grande y luminosa. Tenía tres ventanas, una daba a la fachada principal y dos al prado que rodeaba la casa. En medio
una gran mesa de madera rodeada de sillas, que en algún tiempo estaría repleta de fruta fresca, y ahora sólo adornaba un florero de ramas secas. En uno de los laterales bajo una de las ventanas del prado estaba el fregadero de piedra con su grifo amarillento y una gran encimera de baldosas que la abuela mantenía limpias como el primer día. En otro lateral la cocina de carbón, negra y dorada, el resto del mobiliario lo componían dos alacenas blancas, una con
estanterías y otra con puertas acristaladas y en un rincón la despensa, ahora vacía y desdentada. Al lado derecho del distribuidor, el salón a la derecha con
toda una pared de ventanales y una puerta que da al jardín, ahora deshojado y marchito como todo lo que nos rodea. El salón es amplio con pocos muebles los justos para hacer acogedor el lugar. La escalera nos conduce a la planta de arriba todas las habitaciones dan a un amplio corredor que rodea casi toda la
morada.

Aquí es donde vamos a vivir y queremos que vuelva a ser alegre y colorida. La abuela y yo nos hemos puesto con el triste jardín. Hemos plantado narcisos, pensamientos, margaritas de todos los colores y algún rosal, aunque aquí no se crían muy bien. Andrés nos ha traído un pequeño árbol de lilas que hemos plantado tras el banco junto a los cinamomos, que parecen revivir tras su poda.

Esta es mi vida, a los ojos de los demás, sólo una muchacha que prepara todo para el día más feliz de su vida junto a los seres que ama.

Parece todo perfecto ¿verdad?, no hay nada perfecto, mi vida tampoco, si acaso pensé que este era el final de mi historia me equivoqué. Nunca hubiera podido imaginar, que lo peor aún quedaba por venir.