EL SECRETO DE VILLAR CAPITULO I

26.10.2014 18:24

CAPITULO I

Vuelta a
Casa


La senda sinuosa que lleva a la casa aparece tras la cerrada curva. El viaje ha sido largo y pesado. La guerra ha dejado sus huellas impresas en todos los rincones, árboles quemados, socavones de las bombas, casas derruidas marcadas por la barbarie y la destrucción. Mi padre decía que no había nada más doloroso que la guerra entre hermanos, vecinos y amigos. El miedo y la rabia nos hacían convertirnos en animales sin escrúpulos y la guerra sólo sacaba lo peor de cada uno. Yo le escuchaba sin saber a qué se refería. Nosotros estábamos en Lisboa lejos de toda crueldad, a mis oídos llegaban los lejanos sones de la guerra a través de su voz gastada y ronca. En esos momentos mamá le acariciaba cariñosa las manos y le susurraba palabras de consuelo. Mamá
tiene la facultad de dominar los cambios bruscos de humor de mi padre, sabe aplacar su rabia e indignación, conforta su alma y le hace sonreír.

Ahora la guerra se ha acabado pero papa no podrá verlo. Una mañana de primavera su corazón cansado y dolorido dejó de latir. Mi madre cumplió sus deseos de ser incinerado para que sus restos descansaran algún día en España, en su Asturias natal. Y, un año después, sin saber que nos encontraríamos al llegar,
regresamos a casa con una urna metida en una maleta. Caminamos despacio, silenciosas, agotadas de las vicisitudes del viaje, llenas de polvo y con
ampollas en los pies.

La emoción del viaje que sentía cuando lo comenzamos se había disipado. Contemplaba horrorizada los estragos de la crueldad humana, empezaba a entender las amargas palabras de mi padre, su ira y desconsuelo. Veía los campos arrasados, los camiones llenos de presos con sus caras sucias, golpeadas y humilladas, su mirada vacía y sin esperanza...

Mamá sólo sonreía cuando me miraba para aliviar mi miedo, luego su gesto volvía a endurecerse marcando su delgadez.

¡Al fin acaba la senda! La casa apareció en medio de un prado verde, yo apenas la recordaba, pero a pesar de su aparente abandono, me pareció acogedora con su piedra desgastada y corredores descascarillados.

La puerta se abrió y por ella salió una mujer vestida de negro, con el pelo blanco recogido en un sencillo moño. Mamá alzó la mano saludando y echó a correr con su pesada carga, la seguí emocionada con el corazón agitado. La mujer emitió un grito sordo y llevó las manos a su boca en un gesto de incredulidad, luego abrió los brazos caminando hacia nosotras.

- ¡Gracias a Dios, ya estáis aquí! -exclamó entre sollozos mientras nos abrazaba y cubría de besos.

- ¡Madre, madre, cuanto te he echado de menos! 

La abuela nos condujo a casa, envueltas en preguntas y respuestas atropelladas. Lloraban y reían sin soltar sus manos y yo las miraba aturdida, en mi corazón
sentía la importancia de ese momento, incapaz de articular palabra, percibiendo la angustia y la alegría del rencuentro.

Cuando quise darme cuenta me encontré envuelta en mi camisón de franela y metida en una gran cama del piso superior.

- Ahora debes descansar -dijo mi madre besando mi frente.

- ¡Pero mamá, si es todavía de día! -protesté intentando levantarme.

- El camino ha sido largo. Mañana podrás corretear por el prado y ayudar a la abuela. Ahora... ¡a dormir!

No seguí porfiando, conocía muy bien a mamá como para desafiarla, así que permanecí echada hasta que sus pasos se perdieron por la escalera. Entonces me levanté sigilosa evitando que mis pies hicieran crujir las viejas maderas y como un fantasma me deslicé hasta sentarme en uno de los peldaños desde donde podía verlas y escuchar su conversación.

- Lara, hija, dime ahora que la niña no está. ¿Cómo fue lo de José? Por tus cartas sé que empeoró su salud, pero fue tan rápido...

- Madre, él murió el día que empezó la guerra -mi madre se retiró un mechón de pelo de su cara- Nunca volvió a ser el mismo. ¡Tenía tantas esperanzas
puestas en que el mundo podría cambiar! Era un idealista, lo sabes, no pudo soportar el dolor de ver como sus sueños caían como cristales rotos.

La abuela tomó sus manos y las acarició.

- Cuando llegamos a Lisboa se sentía culpable de haberlo abandonado todo.-Mamá se levantó y se acercó hasta la cocina de carbón- De nada sirvieron mis
palabras de consuelo. Pasaba el tiempo pegado a la radio oyendo los partes de guerra, sufriendo día a día hasta que su corazón se rindió.

Mamá rompió a llorar desconsoladamente.

- ¡Era todo para mí! ¡Y no supe ayudarle!

La abuela la rodeó con sus brazos meciéndola como hacía conmigo cuando de más niña me tropezaba y caía entre la hierba.

- No te atormentes más. Si tu amor no fue capaz de ayudarlo, nadie más podría haberlo hecho. Toda su corta vida luchó por vivir en paz, intentando que todos pudiésemos vivir juntos sin rencores.- Suspiró- Pero el ser humano es imperfecto y así hemos acabado...

- Y usted madre ¿cómo ha pasado este tiempo? -mamá se secó torpemente sus lágrimas e intentó esbozar una sonrisa- ¿Qué ha sido de nuestros amigos?

- ¡Hay querida Lara! -suspiró la abuela. La rodeó con sus brazos y la llevó de nuevo hasta la mesa. No continuó hablando hasta que la dejó sentada de
nuevo- Han sido tiempos difíciles, todos nos mirábamos con recelo. El que era de derechas y el de izquierdas, el que luchaba por la libertad y el que la
ahogaba, el mejor amigo y el enemigo. ¡Qué razón tenía tu José! Muchos han muerto por las denuncias de sus vecinos, otros en el frente... y el odio se ha instalado por una u otra causa en nuestros corazones.

- ¿Qué ha sido de los Hevia? -preguntó mamá- Aún conservo la pulsera que  compraste a José cuando hice los catorce años.

- Pobre familia.... María ha sufrido mucho. Cuando empezaron los bombardeos en Trubia volvieron aquí, ellos y sus seis hijos. Cogieron una casita muy
destartalada, entraba más agua dentro que fuera cuando llovía, luego consiguieron una un poquito mejor pero a José se lo llevaron.

- ¿A José?  ¿Por qué? ¡Si era un buen hombre!

- Parece ser que durante la República firmó un manifiesto durante su estancia en Trubia. Alguien lo denunció. Una mañana mientras había salido a pasear y
recoger carbón para la cocina, del que se cae de las vagonetas, ya sabes, vino un hombre preguntando por él. Quería que le arreglase un reloj, María se puso
muy contenta, apenas tenían para ir tirando y le dijo que volviese a la mañana siguiente. Vinieron con un camión y lo llevaron al cuartel de la guardia civil.
No ha vuelto a saber de él.

- ¡Dios mío! ¿No podemos hacer nada por él? -en ese momento mis ojos comenzaron a cerrarse pero me froté la cara con mis manos para espabilarme.

- En la última visita la advirtieron que si volvía ella iría por el mismo camino de su marido. Nos tememos lo peor. A veces viene a echarme una mano y yo
comparto con ella lo poco que hay. Al fin y al cabo yo era sola y ella tiene tantas bocas que alimentar...

Vi como mamá se tapaba la boca con sus manos ahogando un sollozo, luego con un hilo de voz siguió preguntando.

- ¿Los Viejo?

- Manuel cayó en la batalla del Ebro y Elena murió de tuberculosis.

- ¿Carmoneo?

- El mayor, Jaime, está preso en Madrid. El pequeño se unió a los nacionales, aún no ha regresado.

Continuaron unos minutos más hasta que mamá preguntó por los "Lobo". La abuela cambió de color. Su piel curtida por el sol se quedó como la cera.

- ¡A esos ni acercarse! ¿Me oyes? -su voz, siempre tan dulce, se tornó dura y fría.     
- ¿Por qué madre? Siempre fueron nuestros amigos...  
- Ahora no lo son de nadie -cortó mi abuela. Pedro se fue con los milicianos y murió en el frente. Su padre, Lisardo, tuvo una apoplejía y quedó postrado en una cama... Jacinta apenas se mueve de su lado rezando para que vuelva su hijo y su marido se recupere. Ha perdido la razón, pobre mujer. Isidro...     
- ¿Isidro...?
- Nunca he visto a un hombre con tanto odio dentro de sí. Es capitán del ejército nacional y el responsable de las desgracias de este concejo. Primero detiene, después  tortura y finalmente  mata. Da igual, hombres, mujeres, ancianos o niños, sin distinción.     
- ¿Cómo es posible? ¡Él también! tiene mujer e hijos...
- Pobres desgraciados, a Elisa le da una paliza día sí y otro también. Y los chicos, no sé... tengo miedo de que les vuelva unos animales como él.

Oía hablar a mi abuela y sentía cómo se me erizaba la piel. No estaba segura de entender el alcance de sus palabras, no había visto tanto dolor hasta que regresé a España. "Lobo" -repetí en mi mente grabando ese apellido- Me imaginé un hombre grande y oscuro como un ogro o un sacamantecas, alguien horrible y malvado y eché a correr por las escaleras hasta mi cuarto. Escondida bajo las sábanas rezaba para que aquel hombre no se acercara hasta nuestra casa, prometía ser buena niña y obedecer a la abuela y a mamá para que el monstruo no apareciera... Y así me quedé dormida hasta la mañana siguiente.


Los días pasaban lentamente, íbamos al pueblo sólo para recoger el pan con la cartilla de racionamiento. Luego ayudábamos a la abuela a ordeñar su única vaca, famélica como todos, y a preparar la tierra para sembrar patatas. Esa era la base de nuestro alimento, patatas, un vaso de leche  y pan. La abuela decía que éramos afortunadas, mucha gente sólo tenía pan y mondas de patata. Asique todas las noches dábamos las gracias por lo que teníamos y nunca me atreví a protestar por aquella situación.

El tiempo que me quedaba libre lo pasaba correteando por los prados, llegando hasta el río, cosa que tenía terminantemente prohibida, y yo como niña infringía. Allí con un palo y una cuerda hacía que pescaba muchas truchas y las llevaba a casa en un cesto y las enseñaba a mamá y a la abuela y ellas reían de felicidad porque comeríamos pescado, otras veces me escondía tras los arbustos y fingía ser una experta cazadora de jabalíes. Mamá decía que era un chicazo, que sólo me gustaban los juegos de niños pero me sentía tan libre en aquella abundante vegetación, aquellos altos árboles, las zarzas, los helechos... Era como estar en plena selva y me parecía una tontería quedarme en casa jugando con un palo a hacer comiditas.

Así pasaban nuestro días tranquilos entre tanta miseria, a veces las oía cuchichear y callaban cuando entraba. Sonreían y me lavaban la cara y las manos en el agua fría que recogíamos del pozo, me daban un pequeño trozo de pan y me mandaban a mi cuarto. A pesar de todo recuerdo aquellos días como los más felices de mi vida.

Y un día apareció él.

El invierno había pasado, atrás quedaba las largas tardes junto a la cocina de carbón mientras la lluvia azotaba los cristales. Las tardes de castañas recogidas de los dos castañales de la abuela, el frío y la humedad clavándose en los huesos y en el alma. Con la llegada de los primeros rayos de sol la casa pareció iluminarse, hasta los rostros de mamá y de la abuela parecieron más alegres.

Yo miraba tras la ventana cómo los campos empezaban a llenarse de vida poco a poco, parecían tener pereza de enfrentarse a una nueva estación. Los tímidos brotes de los árboles intentaban abrirse paso entre el frío y la nieve que aún residían en las altas cumbres y las ardillas asomaban recelosas sus hocicos. Mi sangre sentía la llegada de la vida y las ganas de salir y correr por los prados se me hacían casi insoportables. Sin hacer apenas ruido me escabullí como un espíritu a empaparme de la luz de la mañana. Corrí con el alma llena de gozo y una sonrisa en los labios, parecía haber olvidado mis sabañones en las manos y en los pies, sólo buscaba libertad.

Acabé sentada cerca del río que ahora venía rebosante de agua, escuchaba su pasar encolerizado, golpeando con fuerza las rocas, salpicando mí cara con gotas frías como carámbanos, su ruido feroz ocultaba cualquier otro ruido. Tenía 10 años y me sentía viva entre tanto dolor.

Una mano en mi hombro me hizo salir de mis pensamientos con un sobresalto. Me volví apartándome como un animal herido pero sólo vi a un chico poco mayor que yo que me miraba sorprendido.     
- ¡Andrés! ¿Dónde te has metido?
- El chico se llevó un dedo a los labios indicándome que no hiciera ruido. Me cogió de una mano y nos escondimos entre los arbustos. Su mirada suplicante me
inmovilizó y eché un vistazo hacia donde él observaba.

Allí había un hombre alto, fuerte, vestido de militar, la gorra la llevaba en la mano y golpeaba su pierna impaciente.      
- ¡Capitán Lobo! -llamarón unos hombres tras él- Han visto un grupo de hombres por "El Arenal" - Informó otro acercándose a él.   
- ¡Avisad a los Regulares! -ordenó el capitán- ¡Vamos a qué esperáis!

Dio media vuelta y se paró como si hubiera oído algo a sus espaldas, frunció el ceño enfadado.     
- ¡Maldito niño! -exclamó mientras seguía a sus hombres.

Así qué ese era el famoso Lobo... apenas podía creer que ese hombre diera tanto miedo a mi abuela. Era apuesto, moreno con ojos verdes profundos. Nada que ver con el ogro-sacamantecas que yo me había imaginado. Si no fuera por su gesto enfadado podría ser el príncipe de cualquier cuento de hadas. Volví mi mirada interrogante hacía el muchacho que tenía a mi lado.  
- Es mi padre -dijo en un susurro apartando sus ojos de los míos.
-  ¿Y porque huyes de él? -pregunté incorporándome de mi escondite. ¿Has hecho algo malo?
-  No me gusta ir de monte con él.
-  ¿No te gusta cazar? -pregunté extrañada.- ¡A mí me gustaría poder cazar un venado o un jabalí!
- Créeme  ir de caza con mi padre no te agradaría.  
- ¿Por qué?

Me miró extrañado, tan insistente su mirada que me sentí tonta por hacer la pregunta.      
- ¿No eres de por aquí, verdad? - negué con la cabeza- Eso lo explica todo.
- ¿Sí? Pues yo cada vez entiendo menos -me levanté enfadada. 
- Mi padre... caza hombres. ¿Entiendes?    
- No parece tal malo...
- ¡Ja, ja, ja! Eso es lo que parece, pero no te fíes de las apariencias. En este caso engañan. -Se sacudió los pantalones  y se puso una gorra.

Entonces me fijé en él. Su ropa no era como la nuestra o la de los demás niños que había visto en el pueblo. Los pantalones y la camisa eran nuevos, no tenían remiendos, ni zurcidos, sus manos eran blancas, sin marcas de sabañones ni callos. Parecía bien alimentado y sus mejillas estaban rosadas. El pareció leer mis pensamientos y se ruborizó.    
- Me llamó Andrés -dijo intentando sobreponerse- ¿Y tú? 
- Mara.  
- ¿Volveremos a vernos?  
- No lo creo...    
- Ya, "ni te acerques a los Lobo", ¿verdad? -su mirada se entristeció. Asentí, y una sonrisa sarcástica endureció su rostro, tan parecido al de su padre.    
- Pero... -dije sin pensar- Si tú no dices nada, yo tampoco.

Sus ojos se encendieron para volver a apagarse después.
- No quiero causarte problemas. ¡Hasta la vista! -exclamó sin volver la mirada atrás.

Me quedé sola en el río, la alegría de la mañana había desaparecido, la niebla se había apoderado del lugar y el frío recorría mi espalda. Volví a casa silenciosa y apagada.

¡Qué difícil era todo! Hasta los niños debíamos carecer de amigos. Las relaciones con los demás eran distantes, ahora comprendía lo de "todos contra todos". Así era en realidad, los vecinos se saludaban cordialmente pero no compartían sus pensamientos y nosotros hacíamos lo mismo temerosos de que nuestras palabras abrieran la "caja de los truenos" y todo lo que amábamos saltara por los aires. Por primera vez me sentí sola, como si fuéramos tres náufragos en una pequeña isla desierta, luchando por sobrevivir, temerosos ratones escondidos en su madriguera.

Algo en mí, cambió. El sufrimiento visto a mi alrededor desde mi vuelta a España, el hambre, el miedo... tomaron forma, la venda de mis ojos cayó de golpe, dejando un hueco vacío en mi alma... "Mi padre caza hombres". Esas palabras rotundas se hundieron en mí, como puntas ardientes. Ahora entendía..., lo entendía todo.

Mamá me vio entrar en casa. Para ella, yo era como papá, un libro abierto al que se asomaba y veía sin esfuerzo. No dijo nada, entornó los ojos, apesadumbrada y siguió recogiendo la cocina.

Mi inocencia se estaba rompiendo en pequeños trozos y el dolor empezó a anidar en mí.