CAPITULO VII LA DESCONOCIDA (CONTINUACION)

- ¿Quién crees que es? -preguntó Andrés dirigiéndose a su hermano mayor.

- No tengo la menor idea. Es imposible saberlo y no lleva documentación. El sargento de la guardia civil me
avisó cuando lo encontraron. Ha llamado a Oviedo, esto es demasiado para nosotros.

- Si no fuera por las puñaladas diría que lo atacó un animal...

- Lo peor es que no ha sido así. Quizá sea algún caminante, no puedo imaginar que alguien del pueblo haya podido cometer semejante salvajada.

Germán se había quitado el sombrero y se rascaba preocupado la nuca.

- No tenemos forense, tendrás que ser tú el que le haga la autopsia, al menos hasta que en Oviedo nos digan otra cosa.

Andrés se agachó al lado del cadáver, y observó las heridas de su cuerpo.

- Las heridas parecen hechas con un cuchillo de cocina de los de partir carne. Pobre desgraciado -comentó desconcertado- ¿Cuándo vendrá el juez?

- Está de camino. Espero que no tarde en llegar. No quiero imaginar la que se va a liar en el pueblo cuando se
enteren de esto. Haré un bando recomendando que no anden de noche por los caminos. ¡Qué desastre!

En un pueblo donde apenas habían podido olvidar las crueldades de la guerra, un asesinato encendía de nuevo la mecha del miedo que todavía no estaba apagada. Y como es de suponer la noticia corrió como la pólvora.

Mara estaba despidiendo a los niños cuando una vecina vino a contárselo. Unos pasos más allá la pararon unos
patores que venían de ver al ganado... Antes de llegar a su casa tenía una información completa y detallada de todo lo sucedido, eso sí, aderezada con rumores, leyendas y cuentos típicos de la zona.

La abuela María tendía tranquilamente la ropa en el prado de detrás de la casa. Esta había recuperado su viejo esplendor como una antigua joya cuando se limpia y se pule. Hasta María parecía más joven y dinámica.

Mara no quería pensar en lo sucedido, no sabía si era prudente contárselo a la abuela, no al menos hasta
tener un conocimiento de los hechos más fidedigno. Quizás Andrés supiera algo del asesinato e informarlas mejor.

La saludó con la mano y se dirigió al sitio donde se encontraba. Se dieron un beso y después de las preguntas rutinarias entró en la casa, las paredes recién pintadas la proporcionaban una luz que ella nunca había conocido. Había desaparecido todo rastro de dolor y muerte. Sonrió satisfecha, sería el hogar de su familia y así quería que fuera, un lugar alegre donde sus hijos pudieran crecer. A pesar de todo, su habitación preferida seguía siendo el desván y allí se encaminaba todas las mañanas al regresar de la escuela. Su intención era que no se quedara sólo como un trastero donde guardar cacharros viejos,  quería que fuese cómodo, un rincón donde recogerse y evadirse de toda preocupación. Ya estaba casi listo, los muebles viejos los había restaurado y acomodado junto con una vieja alfombra que limpió pacientemente. Los baúles de su madre estaban bajo una de las ventanas pequeñas y todo lo que no tenía utilidad lo había hecho leña para la cocina.

Entonces reparó en ello, se extrañó de no haberlo hecho antes. En una esquina, como olvidada, había una caja de latón con dibujos de flores y plantas.

"Es curioso- se dijo- juraría que nunca he visto esto". Se puso de rodillas y pasó delicadamente sus dedos por la
tapa. Estaba limpia, tal vez la abuela la había puesto ahí. ¿Pero dónde había estado? Una por una habían arreglado cada habitación, juntas sacaron todas las cosas de los armarios y cómodas, ¿de dónde había salido esa caja?

Llena de emoción, un poco temblorosa,  destapó aquel enigma, lo primero que vio fue un sobre. "Para Mara", estaba escrito en caligrafía inglesa, nadie que ella conociese lo suficiente tenía ese tipo de escritura. Abrió
el sobre y contuvo el aliento.