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Una foto de Isidro, el padre de Andrés, vestido de militar, rodeado de otros hombres uniformados. A sus pies,
como un trofeo, el cuerpo mutilado de... no podría decir si era un hombre o una mujer, tal era su estado. Se llevó la mano a su boca para evitar un grito de terror. En el reverso de la fotografía unas palabras escritas "La mala semilla nunca muere".
Dejó caer sobre su falda la fotografía, sus ojos se llenaron de lágrimas, su cuerpo se sacudía al compás del llanto. La caja estaba llena de documentos amarillentos que no se atrevía a revisar. Guardó de nuevo el retrato y cerró la caja. ¿Quién podía haber dejado aquel testimonio siniestro en su desván?
Secándose torpemente las lágrimas intentó serenarse, la mañana parecía haberse oscurecido, primero el cadáver encontrado en el bosque y ahora esta misteriosa caja. ¿Guardarían relación los dos hechos? No, era una tontería, esto era una advertencia para ella, alguien quería que se alejase de Andrés y de su familia. "La mala semilla nunca muere", estaba claro.
Bajó despacio las escaleras, había conseguido serenarse, y se dirigió hacia la cocina. María, su abuela, estaba terminando de preparar la comida.
- Abuela, estos días ha entrado mucha gente en nuestra casa, ¿verdad? -preguntó cogiendo un paño, disponiéndose a secar los cacharros que escurrían en la encimera de piedra.
- Yo diría que aún no han salido de ella -contestó María sin mirarla.- Ha sido una locura y aún vendrán a
terminar algunos detalles que han quedado pendientes.
- ¿Todos los trabajadores eran del pueblo?
- Casi todos. ¿Por qué te interesa ahora? -preguntó suspicaz mirándola por primera vez.
- Estaba pensando que con las obras hemos arreglado algunos meses a varias familias- Mara bajó la vista.
- Si y también en los pueblos de alrededor. Son tiempos duros, apenas llega para comer, con esto les hemos
aliviado un poco. ¡Por cierto! -Exclamó apartando la cacerola de la cocina de carbón- Varias muchachas han venido a preguntar si necesitamos gente para la casa. Les he dicho que hablaría con vosotros.
- No sé abuela. Lo comentaré con Andrés. Sabes que yo no gano nada en la escuela salvo lo que me traen los
padres de los niños con gran sacrificio por su parte, cuando pueden.
María bajó el tono de voz y se acercó a ella.
- Mara, creo que ya es el momento de que recibas tu herencia familiar. -Dijo en tono misterioso.
La miró perpleja.
- ¿Herencia familiar? -preguntó incrédula.
- Si, vida. Cómo sabes tu madre al regresar a España trajo algunas joyas. Tu misma me preguntaste por ellas a tu vuelta.
- ¡No puedo creer que hayáis pasado calamidades y no las utilizarais! -Protestó enfada su nieta.
- Dijo que eran para ti. Tu futuro. No quería que dependieses de nadie ni siquiera de tu tío Juan. Las fue
vendiendo poco a poco sin levantar sospechas. Si alguien lo hubiera sabido nos habrían matado para conseguirlas. Guardó algunas; sus anillos de boda, el camafeo que le regaló tu abuelo y la pulsera que era de mi madre y que lucí yo en mi boda, luego tu madre y espero que tú también en la tuya.
- Pero...
- No hay peros. -Cortó tajante- El dinero y las joyas están bien guardados. Con tanta gente en casa no me he
atrevido a sacarlo de su escondite. Hemos pasado necesidades, no hambre. La tierra, si la sabes querer te recompensa con creces. Te permitirá vivir bien, sin grandes lujos, pero podrás pagar a alguien para que te ayude.
- ¡Abuela! -exclamó abrazándola.
- Nunca se olvidó de ti, pequeña. Nunca.
A Mara se le inundaron los ojos de lágrimas. Aquellas palabras se clavaron en su corazón llenándola de un
sentimiento cálido, aquel sentimiento que creía perdido. El amor de su madre.