Te enamoras en la niñez, en la adolescencia, en la madurez…
Te enamoras de personas, de lugares, de cosas…
El amor es así, no distingue, es ciego, mudo y sordo, pero llena el alma de calidez, de ternura, de emoción y sentimiento.
¡Existe tantas clases de amor! La ternura y devoción de los padres hacia los hijos, ese amor sin barreras ni límites que duele cada día y te emociona a cada paso.
El que estremece y acelera nuestro corazón cuando encontramos a esa pareja que sin buscarla ha llegado y se ha colado en tu vida sin querer y sin embargo ya no podrías vivir sin ella.
El amor a los amigos, aquellos que están cerca y lejos a los que no siempre ves pero que están allí cuando tu ser se rompe, cuando sientes que ya no puedes más y te dan la mano para levantarte.
El amor hacia tus orígenes, la tierra que te cobijó en tu niñez, en tu adolescencia, en tu lucidez… a la que añoras como si fuera un ente, a la que necesitas como el agua que alimenta el campo, a la que regresas siempre porque es tu verdadero hogar.
El amor hacia los padres ¡tan distinto en cada etapa de tu vida!, cuando eres niño los adoras, en la adolescencia los rechazas y en la madurez los comprendes, entendiendo entonces tantas cosas…
Cuando nace, no sabes por qué, sólo ocurre, a veces es un sentimiento que brota, crece en tu interior, llena tu vida hasta formar parte de ti, te envuelve y acaricia, te hace sentir que estás vivo. Otras llega como un vendaval, arrasa con todo lo que encuentra a su paso, te vuelve del revés, te apasiona y arrebata para luego calmarse como una brisa suave de primavera, dejándote en la orilla de tu vida exhausto y feliz.
En ocasiones, está dormido en el fondo de tu corazón, escondido, agazapado, envuelto en reproches, dudas, malas palabras y rencores. Entonces sientes que la hora a llegado, que el momento se acerca, que lo que no digas ahora no podrás decirlo nunca más y dejas que salga y te das cuenta de lo grande e inmenso que es, de lo corta que es la vida, de lo estúpidos que somos por no aprovecharla, de lo importante que es esa persona que se aleja irremediablemente a un mundo del cual no regresamos.
A veces es a través de una sonrisa, de una mano que te toma y te saca a bailar, haciéndote sentir uno más de la familia y sabes que has sido conquistado irremediablemente y danzas alegre feliz de haberlo encontrado.
En la vejez es templado y sosegado. Te echas en la cama y sientes a tu lado el cuerpo del compañero de tu vida, escuchas un tembloroso “te quiero” y besas sus labios sintiendo la calidez del primer día. Sonríes.
¡Ay, cuando te enamoras!