Aún conservo el recuerdo de la primera vez que te vi. Ibas con tu padre y tus hermanos a segar. Hacía poco que habíais llegado de un pueblo cercano y vinisteis a la Villa a trabajar durante la época de la cosecha.
¿Sabes? Me pareciste el chico más guapo que había visto nunca con ese pelo tan rubio y esos ojos tan azules que a mí me parecieron un trocito de cielo.
Tanto me impresionaste que poco antes de que mi madre me avisara para llevar la comida a las tierras donde segábamos, me lavé la cara y las manos, cepillé mi pelo moreno y lo recogí en una larga trenza que caía sobre mi hombro. Fue de las pocas veces que fui alegre con mi madre bajo el sol abrasador a llevar las viandas a mi padre.
Allí me miraste por primera vez. ¿Qué teníamos diez u once años? No sé pero se me encendió la cara como una de esas calabazas que preparábamos la víspera de Todos los Santos y mi corazón se desbocó como un caballo en una noche de tormenta.
Poco a poco, como niños que éramos, nos fuimos acercando el uno al otro; Primero en la siega, luego en los carros donde íbamos cantando hasta las eras donde trillaban con los burros y las vacas...
¿Recuerdas? ¡Eran tan duros aquellos tiempos y sin embargo los recuerdo con tanto cariño!
El primer y único beso me lo diste al final del verano escondidos al amparo de las trojes de mi casa, una tarde en que papá había salido a buscar ramos y leña para el invierno y mamá salió al huerto. Fue un beso en los labios, de esos en los que apenas te rozas pero para nosotros fue el sello de nuestro gran amor.
Al llegar el otoño tenías que volver a tu pueblo y de un trozo de rama de árbol me hiciste un pequeño corazón de madera con mi nombre gravado torpemente.
¡Me pareció tan hermoso! Me abrazaste tímidamente y echaste a correr calle arriba volviendo sin cesar la cabeza mientras yo, con una sonrisa y lágrimas en los ojos, agitaba mi mano a modo de despedida.
Esperé impaciente a que llegará la siguiente cosecha pero no regresaste. En ese momento sentí que mi alma se rompía en mil pedazos.
Ha pasado el tiempo, nuestros caminos no volvieron a cruzarse. Ahora, anciana como soy con nietos y biznietos correteando a mi alrededor, ya al final de mi vida, aún conservo en el cajón donde guardo mis cosas más queridas, un pequeño corazón de madera que encierra la ilusión de mi primer amor.
Ángeles Díaz