EL REINO DE LAS ISLAS DEL ALBA

EL REINO DE LAS ISLAS DEL ALBA

Hace mucho, mucho tiempo… cuando los sueños eran posibles, existía un pequeño reino en las montañas verdes y frondosas. Debía su nombre a las nubes que lo cubrían porqué cuando esto sucedía sólo quedaban a la vista las cumbres más altas cubriendo todo lo demás un mar de nubes blancas que se movían acompasadamente con los vaivenes de las corrientes de aire.

En este pequeño feudo vivía una reina viuda con sus cuatro hijos. Al llegar el verano, como pájaros que dejan salir de sus jaulas, estos príncipes salían al campo,  libres de corretear por sus prados verdes. A pesar de la estricta normativa de costumbres y maneras que les querían inculcar sus tías, en su naturaleza no se encontraba el seguirlas calladamente.

La princesa mayor, heredera al trono, era de piel morena, ojos oscuros casi negros y cabello rizado. En los meses de verano olvidaba los vestidos de gasa  y los zapatos de tafetán y se envolvía en algodón y alpargatas como las que usaban sus súbditos para sus trabajos en el campo. Entonces era feliz.

Adoraba a los animales, perros, gatos, caballos, vacas… se movía entre ellos con tanta naturalidad como si se hubiera criado en una pequeña granja. Corría junto a sus hermanos por los prados, saltaban, corrían, daban volteretas sobre el suave verde, cruzaban ríos, comían manzanas de los árboles, ciruelas, avellanas…

A este fantástico lugar, un verano casi por casualidad, llegó una princesa de un reino lejano, hija de una de las hermanas de la Reina Madre que venían a pasar el tiempo estival. Su tez era blanca como las nubes y sus ojos verdes como el mar de verdad.

La primera vez que se vieron las princesas quedaron sorprendidas. Eran primas pero su aspecto era tan diferente… como ver dos caras de una misma moneda, quizás por eso se sintieron atraídas. Ese mismo día después de comer, la princesa heredera, se encerró en su tocador a frotar firmemente su piel pensando que se había descuidado en su higiene por que no era posible que su color de piel fuera tan diferente al de su prima. Por el contrario la niña recién llegada admiraba ese color dorado de sus primos, su aspecto saludable que contrastaba tanto con su palidez casi enfermiza.

Fueron años de felicidad, guardados en el corazón como un tesoro, como viejos retratos que aparecen cuando llega la nostalgia.

Los niños se convirtieron en hombres, príncipes y princesas. Y nuestra protagonista llegó a la madurez convirtiéndose en reina de este fabuloso lugar.

La madurez trae responsabilidades y las responsabilidades amargura. Nunca quiso ser reina, no le gustó el papel que le tocó vivir. Pero si en algún momento podéis creer que doblegó su espíritu estáis equivocados. Cumplió con lo esperado, tuvo un hijo, su heredero, pero bebió cada gota de vida, se enamoró, lloró ante el desamor, cayó, se levantó y siguió adelante. Con alegría, con desesperación a veces, con ese ceño fruncido tan característico de sus enfados...

También supo conservar a sus amigos, a los de verdad,  los que te despiertan de las ensoñaciones, los que abrazan ante el dolor, los que besan con dulzura, los que se alegran de tus triunfos, los que caminan a tu lado sin preguntar.

Eso no es fácil, pero nuestra Princesa, Reina y ahora Reina Madre supo hacerlo.

Con el paso de los años quiso el destino que conociese al hombre de su vida, llenándola de paz y tranquilidad. Alguien al que le gustaba el campo, los animales, la buena comida y la buena bebida. Quien supo ganarse su corazón y el corazón de todos los que amaban a nuestra Reina.

Por fin conoció el amor de verdad, el tranquilo, el sosegado, el de mirar la puesta del sol con la única persona con quien quieres hacerlo y amanecer cada mañana sabiendo que no te abandonará.

Por su lucha en la vida, por ser feliz, por disfrutar de lo que verdad importa, su fuerza ante la incertidumbre, el no doblegarse y mantenerse firme como un junco que mece el viento, por todo eso y mucho más en un reino lejano, su prima, su hermana, su amiga, la quiere, la añora y la admira. Sí, la princesa de piel blanca y ojos de mar de verdad, como si fuera su alma gemela, nunca se separará de su lado. Sea lo que sea lo que depare el futuro, allá donde vaya su Reina, ella no la abandonará.

Y es que no hay nadie como ella contando cuentos, nadie como ella para exclamar entusiasmada ¡NADIE ME HA CEGADO!

Te Quiero Mi Reina Siempre.