LA VIAJERA

LA VIAJERA

¿No os ha pasado de ir en el metro, en el autobús o en el tren, fijaros en alguien en concreto e imaginar su vida? A mí sí. Quizás mi defecto o mi virtud es que soy demasiado soñadora.

No hace mucho, en un recorrido en el tren de cercanías me senté enfrente de una mujer sin edad. Digo bien, sin edad porque a mí me pareció intemporal.

Hermosa, con esa belleza lánguida, tenue y a la vez arrolladora. Sin embargo lo que más me llamó la atención fue su profunda tristeza.

La observaba detrás de mis oscuras gafas de sol para no importunarla. ¿Qué podría provocar aquella mirada? Sus ojos se perdían en el paisaje sin detenerse en ningún punto. Viajaban más allá del horizonte.  

Mi imaginación comenzó a divagar. ¿Amores? No. Algo más destructivo. ¿Maltrato? No. Giró la cabeza y su mirada y la mía se cruzaron un momento. Entonces lo supe: Soledad.

Esa soledad que anida en el alma, poco a poco, paso a paso, esa hiedra que va enredando el espíritu, atándolo, subyugando la voluntad y la alegría. Acaba con la luz, aquella que la iluminaba antaño y ahora parece apagarse. Mi fantasía intentó urdir el entramado de su vida: una mujer alegre, divertida con ganas de vivir. Valiente, atrevida, de las que se ponen el mundo por montera, a la que no le importa lo que opinen de ella los demás.

Como si leyera mi pensamiento, una pequeña sonrisa iluminó su cara durante un segundo para luego desaparecer.

¿Qué pudo ocurrirle a una mujer así? La vida, se me ocurrió. La golpeó, la zarandeó, la humilló, dejando una herida abierta, el hueco por el que se coló la melancolía, donde ahora acampa el abandono. Siempre acabamos destruyendo las flores más hermosas, las únicas, como si su color nos mostrase lo que nunca podremos llegar a ser.

Y cuando vemos que se empiezan a marchitar sin perder su halo, damos el golpe final con él ánimo de destruirlas para siempre.

Sentí que de mis ojos intentaban brotar lágrimas traviesas.

Ella se levantó y sentí alivio. Escondió la tristeza tras una mirada de desafío, me pareció más alta, más fuerte.

Retiré mis gafas y la miré libremente. Sí, aún en su máxima desesperación, luchaba. No se había dejado vencer, herida casi de muerte y aún continuaba en pie. Sonreí con admiración y ella devolvió la sonrisa como si comprendiera.

No sé si os la habéis encontrado, si la veis decirla que yo todos los días pienso en ella.