En un pueblecito arropado en las laderas de las montañas asturianas, envuelto entre brumas, olor a hierba, leña y carbón nació José.
El pueblecito se llamaba Villar de Cienfuegos, era pequeño y acogedor y se llegaba a él a través de un angosto sendero de piedra que nacía al pie del monte.
Nunca conoció a su padre y no le preocupaba, a sus seis años había descubierto que su madre era todo lo que necesitaba. Siempre estaba allí le escuchaba, le reprendía y le mimaba, otros niños con su edad cuidaban al ganado en el monte o pañaban hierba en el verano. Mientras, José, aprendía a leer y escribir.
María sabía que su hijo era inteligente, tenía una gran imaginación y le encantaba inventarse historias que luego le contaba a la luz del hogar de leña y quiso darle una oportunidad para salir de allí.
- ¡Madre, madre! –llamó una tarde cuando regresó a casa después de una de sus correrías por el monte- ¡No sabe lo que estado haciendo esta tarde!
- No –contestó alegre María acostumbrada a las impetuosas entradas de su hijo- Me imagino que salvando a alguien en apuros, ¿quizás a una princesa?
- Esta vez ha sido mucho mejor. ¿Me deja que se lo cuente?
- Espera nenu que se me pegarán las gachas. Ahora cuando nos sentemos me lo cuentas. Anda vida lava las manos ¿quieres?
Una vez sentados en sus pequeñas banquetas de madera, con el plato caliente entre las manos María le miró con aquella sonrisa que sólo ella tenía y José supo que ya podía comenzar a relatar su historia.
- Madre, hoy venía un gran ejercito moro a arrasar el pueblo… –dijo haciendo grandes espavientos- ¡Eran por lo menos mil!
- ¡Dios bendito! ¿Tantos?
- Si madre, ¡y mi ejército sólo tiene cien hombres! –tragó una cucharada de gachas y con la boca aún llena continuó- ¿Qué íbamos a hacer? Se acercaban, apenas teníamos tiempo para prepararnos y ya estaba cayendo la noche.
- José no se habla con la boca llena hijo…
- Perdón madre –se disculpó tragando rápidamente.
- Bien y ¿qué ocurrió?
- Si nos enfrentábamos con ellos estaríamos en desventaja así que se me ocurrió una idea. –María le miró cómplice y él se animó a continuar- Les dije a mis hombres que cada uno de ellos encendiera un fuego, así el ejército enemigo vería cien hogueras y creería que éramos muchos más.
- Bien pensado hijo. ¿Y resultó?
- Claro madre, en cuanto vieron los fuegos se marcharon como alma que lleva el diablo. ¿Por qué cree que se llama este pueblo Villar de Cienfuegos? –preguntó con aire triunfal.
María soltó una carcajada. Su hijo cada día la sorprendía más, tenía una imaginación inagotable y a ella le hacía feliz.
Así pasaban los días, ella cuidando de él y él correteando por los montes para luego llegar a casa contándole una nueva aventura.
Una tarde María miraba por la pequeña ventana de su hogar. Estaba oscureciendo y José no regresaba a casa. Preocupada salió a en su busca y al poco todos los vecinos la acompañaban. Le buscaron toda la noche, en la fuente de arriba, en la de abajo, por los praos y montes y no dieron con él. ¿Qué había sido de José?
José había salido como todas las tardes a corretear, era primavera y los deshielos provocaban pequeñas cascadas de agua. Estaba persiguiendo a un dragón y examinaba todas las fuentes a ver si le encontraba, ni se percató de hacia dónde iba o dónde estaba, se maravillaba con el sonido de las hojas de los árboles, los pájaros y el agua caer. Era tan misteriosos aquellos rincones…
Cuando cayó la noche se vio envuelto entre árboles majestuosos, nunca los había visto tan altos o eso le parecía, la curuxia empezaba cantar lúgubremente y el pequeño estanque en el que se había detenido reflejaba la luna. Nunca tenía miedo pero sintió un frío en su espalda y se dijo que era hora de volver a casa. ¿Pero cómo? Había llegado allí siguiendo las huellas que dejaba el dragón tras sus pasos y no sabía dónde se encontraba.
- José –una voz dulce y suave le llamó y el volvió su carita preocupada. Lo que vio le dejó extasiado, una mujer muy bella con un vestido blanco que parecía flotar en el aire, le sonreía. Su melena caía sobre sus hombros y su rostro era como de nácar. ¡Una xana y decían que no existían! ¡Ya verás cuando se lo cuente a madre! –pensó eufórico.
- Ven, acércate –dijo la aparición esbozando una sonrisa- Sabes que no deberías estar aquí ¿no? María, tu madre, ha de estar muy preocupada.
- Si señora –su tono era triste acababa de darse cuenta de que efectivamente estaría buscándole- Pero es de noche y no se volver a casa.
- Acompáñame yo te arroparé hasta que llegue la mañana, te contaré historias para que puedas dormir, pero has de prométeme algo…
- ¿Qué? –preguntó fascinado.
- No volverás a adentrarte tanto en el bosque sin compañía. ¿Lo prometes?
José asintió, había algo en ella que le recordaba a su madre, a pesar de la frialdad de la mano que le tomaba, percibía su calidez. Se sentía seguro era como si la conociese desde siempre, como si su ser la reconociera a través del tiempo.
A la mañana siguiente, unas voces angustiadas le despertaron.
- ¡José, José! ¿Hijo dónde estás? ¡Por dios contéstame!
- ¡Aquí madre, aquí! –gritó levantándose.
María corrió a su encuentro con el alma llena de alegría.
- Hijo mío, mi vida –dijo abrazándole- ¿Estás bien? ¿Qué ha ocurrido?
- Estoy bien madre, la xana azul cuidó de mí esta noche. Mire –le señaló el lugar donde había descansado- me hizo una cama con hojas y me arrulló con sus palabras hasta que me venció el sueño.
- ¡Ay José, no es el momento para historias….!
- ¡No le engaño! Ella me cuidó y me hizo prometer que no volvería a alejarme tanto. Es tan hermosa…, casi tanto como tú, madre.
- Anda calla nenu, menudo susto has dado a todo el pueblo.
Regresaron con el corazón ligero, aliviados de haberse encontrado, María lo abrazaba y él se agarraba a su falda sonriente aunque sabía que su madre nunca más le permitiría volver a tener la libertad de antes.
Los días pasaron y todo volvió a la costumbre, a lo cotidiano. Sólo había cambiado algo: José no dejaba de hablar de la xana azul. Todas las historias tenían, de una manera u otra, como protagonista a la mujer misteriosa del bosque.
Una mañana María arreglaba su baúl, ahí guardaba las pocas pertenencias de ella y de su hijo. Sonriente sacó un pequeño retrato. Era su tesoro, lo único que conservaba de su madre, apenas la conoció porqué murió siendo ella aún muy niña. Le gustaba mirarlo de vez en cuando, lo acariciaba y lo hablaba como si ella estuviera allí y pudiera escucharla.
- ¿Qué miras madre? –preguntó José mordiendo una manzana- ¿Puedo verlo?
- Con mucho cuidado hijo –respondió María poniéndose en pie- Es muy delicado.
José dejó la manzana encima de la mesa, se limpió las manos en sus pantalones y se acercó.
- ¡Madre, decía que era mi imaginación, que la xana azul no existía!–exclamó con los ojos brillantes- ¡Y usted guarda su retrato!
María sintió un escalofrío y sonrió.