LOS MORALES

LOS MORALES

 

Con aquella edad no había distinciones, nos juntábamos todos mayores y pequeños y disfrutábamos de aquel regalo de la naturaleza. Las mañanas eran sólo de los niños, bajábamos corriendo por el sendero angosto hasta los varales cruzados donde nos deteníamos para quitar el pesado tronco.

En tiempo de avellanas, parábamos allí a coger las “blanas” verdes que ya empezaban a tener fruto y comíamos a pesar de las advertencias de los dolores de barriga si tomabas demasiadas, sólo quedaban las de las ramas altas que no podíamos alcanzar para el tiempo de la recolecta. Después corríamos entre los huertos y pomaradas sin temor a las culebras y esculibierzos.

- ¡A ver quien llega antes!

Reíamos atravesando los maizales, los sembrados de patatas, empapándonos los pies del agua de los regueros y al final, exhaustos, llegamos allí, a Los Morales.

Los mayores nos habían colocado un columpio hecho de madera colgado por una gruesa soga en un Tilo. Era uno de los lugares favoritos para mí, me veo sentada allí, con un pañuelo verde en la cabeza, cantando canciones de Mocedades, que estaban de moda porque habían ganado Eurovisión, mientras la brisa arremolinaba mi cabello y me hacía sentir única.

No recuerdo peleas por sentarse allí, tal vez sea mi recuerdo selectivo el que las ha borrado, pero todos nos columpiábamos cantando y riendo:

-¡Más fuerte, más fuerte!

La soga crujía contra la vieja rama del árbol, acompañando nuestro griterío, feliz de estar custodiada por aquellos niños que aliviaban su soledad. Luego con nuestros playeros rotos y sucios nos metíamos al río.

El río, un lugar mágico donde los haya, no era profundo, nos llegaba a las rodillas y no nos importaba porque no sabíamos nadar, allí entre piedras nos tumbábamos y gritábamos:

-¡Mira floto!

Cuando nos cansábamos cogíamos un palo y nos convertíamos en aventureros, las ramas de los árboles cubrían parte del agua dándonos cobijo y nuestras alpargatas, protección: porque las piedras eran enormes y podías encontrarte alguna lata ferruñosa que alguien había tirado más arriba.

Y nos íbamos a descubrir nuevos lugares, a sentarnos en las rocas y disfrutar con nuestros pequeños descubrimientos, nuestra pequeña selva. Nunca podré olvidar la luz del río. Como se colaba entre las hojas y llegaba descompuesto en miles de rayos hasta el agua, su sonido cantarín, las culebras de agua que nos hacía salir gritando, las hojas que caían alfombrando el camino, ni los agujeros de los topos que a mí me daban miedo.

Las tardes eran de todos, entonces los adultos venían con la merienda, nos sentábamos en la hierba y nos fotografiaban mientras poníamos poses de modelo con nuestros cuerpos escuchimizados y morenos.

Los Morales… me han acompañado en cada momento de mi vida, de adolescentes hacíamos hogueras y comíamos patatas y chorizo hechos en la lumbre, bailábamos alrededor como danzantes primitivos y reíamos hasta el amanecer en el que nos íbamos a casa con el corazón lleno de ilusiones. Los baños a la luz de la luna, donde celebrábamos ceremonias sagradas sólo importantes para nosotros, ella era la protagonista y nosotras sus sacerdotisas. Los chicos nos miraban embobados porque en ese momento era así, la luna nos iluminaba haciéndonos parecer diosas, como si el tiempo se hubiera detenido en un lugar ancestral.

¿Cómo olvidar ese río que nos acompañaba en todo momento? En mi primera madurez me arropaba mientras echada en la tumbona me acunaban los árboles frondosos de su ribera, llevándose las primeras penas y desengaños, hablándome de que la vida era eso, llegar y pasar, apenas deteniéndose en el camino. Me contaban las historias de los que antes habían pasado por allí, de los que pasarían después de nosotros, de que nada y todo es eterno e inmutable.

Nos cobijaba mientras escribíamos historias de amor en una vieja máquina de escribir, allí sentadas en su regazo riéndonos de lo atrevidas que éramos.

Ya no corren niños por Los Morales, no hay huertos, ni pomaradas, por encima de ellos pasa un trozo de la nueva carretera y no hay acceso al río, que ha ido cambiando su camino con los vaivenes de la vida.

Sin embargo, en mi corazón lo veo como entonces, lleno de vida, de esperanzas y de sueños. Un lugar mágico, aún nos veo lavando ropa contra las piedras como antiguas lugareñas, corriendo tras ella cuando se nos escapaba de las manos y la corriente la llevaba río abajo, imaginándonos cuando fuéramos mayores y libres.

La vida nos ha golpeado, vapuleado y arrastrado como esa corriente, hemos nadado contra ella, hemos llorado, vencido y perdido pero dentro de mí sigue escondida, agazapada, aquella niña que corría por Los Morales.

Cuando nos hayamos ido y nadie recuerde ese lugar, se seguirán oyendo las voces de todos, nuestras risas y cantos, a mayores y pequeños disfrutando de su magia y las noches de luna llena, entre los susurros del agua allí estaremos bañándonos bajo sus rayos libres, al fin, de todo mal.