Voy a dejar que mis manos escriban lo que va pasando por mi cabeza. Estoy tan cansada… De repente me doy cuenta que ido dejando tantas cosas atrás…
No sé por qué me he ido acomodando, o mejor dicho resignando a qué la vida pase sin pena ni gloria ante mis ojos. He perdido a seres tan queridos que el corazón se ha quedado roto sin saber cómo sanarlo. He abandonado la escritura que tantos momentos buenos me ha aportado, como si todo me aburriese, como si nada valiese la pena. Ahora trabajo fuera de casa y parece que mi tiempo se divide en eso, alguien que sale cada mañana hace su trabajo, vuelve a casa sin ganas de nada y luego hace las tareas que no queda más remedio que realizar.
¿Dónde estoy? ¿Qué me está pasando? Duelo, dirán algunos, pues perdí hace poco a otra parte de mí, querida y admirada, alguien a quien nunca imaginé perder. Como un árbol en otoño que va perdiendo sus hojas y quedase desnudo ante el frío invierno. Hasta mi adorada Asturias, mi amado Quirós mis añorados Morales han quedado empañados, oscuros tristes. ¿A quién gritar este dolor tan intenso que desgarra el alma si no quiero dañar a otros con mis pesares?
Y cuando pienso en los que se marcharon, en los que me dejaron con este vacío tan grande me siento culpable por dejar que todo pase sin poner gran empeño en vivir. Ellos sé que desearían risas, felicidad, VIDA, y yo tonta de mí no sé cómo hacerlo. A veces pienso que me olvidé de vivir, de soñar, de reír, he dejado mi locura escondida en un rincón, tanto que no sé dónde ir a buscarla, a donde acudir para recuperarla.
Tal vez estas manos volando por mi teclado mientras escucho la música que me inspira y me conforta sea el camino para volver a mí.
No lo sé, la dulce niña de los Morales se volvió seca, áspera, ¿a qué echarle la culpa? A nada. A mí, sólo a mí, que dejé de ser yo para convertirme ¡en qué se yo! Cuando estaba a tu lado, querida mía, recuperaba un poco de la esencia de lo que fui.
Cada una de las muertes sufridas se ha ido llevando un trocito de mí, y ahora tú te has llevado los sueños, las historias románticas… no duelen los años duelen las pérdidas, no son los años los que te envejecen sino las personas que pierdes en el camino, de repente tu mundo se cae, tus pilares se tambalean, ya no te sujeta nada, eres tú el pilar de otros y duele, duele intensamente saber que ahora todo reposa en ti.
El consuelo de los brazos de tu madre, la mirada de orgullosa de tu padre, las bromas de tu hermano, la alegría de tu suegro, la comprensión de tu suegra, las risas de los tíos y tías, las confesiones a media luz acurrucadas en la cama…todo convertido en el recuerdo más hermoso.
Sí quizás sea el duelo, o el desánimo, o el cansancio o la vida. No sé.