SARA

SARA

 

Sara miraba hacia la lejanía, el viento azotaba su cara y las salpicaduras de agua mojaban su vestido. Sus ojos fijos en el horizonte, buscando las señales del barco que no había llegado a puerto con los demás.

Una sonrisa irónica asomó a sus labios al recordar su empecinamiento, su jurar y alardear que ella nunca se casaría con un pescador. Ella, Sara Luances, se iría del pueblo, trabajaría en la capital, se convertiría en una gran señora y nunca echaría la vista atrás.

Pero una tarde, mientras paseaba por ese mismo acantilado ensimismada con sus sueños de grandeza, apareció Antonio. Era la primera vez que lo veía y a pesar de su pobre vestimenta nunca más apartaría sus ojos él.

Descubrió poco a poco que ya no importaba salir del pueblo, que se podía ser una gran señora aún en aquel recóndito lugar y que ser pescador era un oficio como otro cualquiera. Presumía por las tardes de domingo agarrada de su brazo como si fueran aristócratas que venían de visita, todos los saludaban, porque Antonio, su Antonio, era un hombre maravilloso, sencillo y de buen corazón que siempre tenía una palabra de aliento para cada uno de sus vecinos, siempre presto a echar una mano, a reír o celebrar con ellos y llorar cuando la vida traía mal pasaje.

Mirarse en sus ojos cada mañana era todo cuanto deseaba, la hacía sentirse única y feliz como jamás hubiera podido ni siquiera imaginar.

Hoy el barco no había llegado a puerto, las alarmas habían saltado, la mar estaba embravecida como nunca y los habían perdido de vista. Sara oyó las campanas de la iglesia y salió corriendo, sus piernas temblaban y no se atrevía a preguntar. Las malas noticias llegan aunque no se pregunte y ella corrió hacia el acantilado para llamarle a gritos, esperando que su voz le guiase a puerto, como si fuese una sirena embrujando a los marineros hacia las rocas. Quería creer que su voz le protegería de esa mar tan hermosa como traidora, pero pasaban las horas y no se veía más que las penumbras de la noche que se echa encima.

Su corazón se negaba a rendirse y  escudriñaba la mar buscando…

Un punto de luz apareció en el horizonte, ¿eran sus esperanzas las que la engañaban o era cierto…? Sintió un vuelco cuando la luz se fue acercando, poco a poco se empezó a divisar la bandera de su mástil, creyó verle en la proa haciéndole señales, como si supiera que ella estaría allí esperándole.

Sara dio un grito de alegría que se rompió con el estruendo de las olas contra el acantilado. Secó su cara, arregló su vestido empapado torpemente y se dirigió al pueblo.

Mañana volvería a sonreír, mañana sería otro día.