ULACA

ULACA

 

Glaucia salió, afuera las estrellas alumbraban el firmamento y recordó su añorada casa.

No estaba lejos de allí quedaba en la sierra, podía vislumbrar su derruida muralla a lo lejos. Glaucia estaba al final de sus días, pronto vería treinta inviernos y sentía que su fin llegaba. Por eso se permitía soñar con otro tiempo, cuando era niña y su nombre no era romano, sino vetón. Nabia, le había llamado su madre porque la trajo al mundo al lado de una fuente que corría por la aldea. Un surco de manantial que la atravesaba y llenaba de vida, en honor a la diosa Naviae, señora del agua.

Era hija de Amma y de Castruno del clan de Cadaro. Vivían cerca de la cantera porque Castruno trabajaba la piedra. La fascinaba ver como se rompían esos bloques con la acción del agua y del hombre.

Desde niña recorría los campos con su madre recogiendo los frutos que daba la madre tierra como todas las mujeres de la aldea y en la tarde jugaba con las otras niñas a trenzarse el pelo con flores que crecían por las laderas de su montaña. En las noches los mayores se sentaban en los bancos de piedra alrededor del fuego y los niños se acurrucaban a sus pies escuchándoles contar viejas historias de la magia de sus dioses.

En la aldea siempre había bullicio, la gente iba y venía con sus animales o cosechas, arribaban de otros lugares e intercambiaban sus mercancías, telas, guijarros labrados, lana… En una ocasión su padre le regalo un bonito collar de aquellos guijarros de colores que aún conservaba en su cuello.

Glaucia acarició delicadamente su tesoro, nunca supo por qué y cómo las cosas empezaron a cambiar, de repente había inquietud en el lugar, los hombres hablaban de un ejército llegado de lejos que conquistaban una a una todas las aldeas que encontraban a su paso. Vetones de otros lugares llegaban a refugiarse allí, su aldea estaba en lo alto de la sierra habían construido una muralla en la parte menos escarpada y  las rocas les protegían en la parte abrupta. Tenían comida y agua, lo necesario para sobrevivir si aquel ejército invasor llegaba.

Y llegó, Nabia vio desde lo alto de la atalaya como se aproximaban, parecían dioses envueltos en armaduras y cascos que brillaban con la luz del sol y por primera vez sintió verdadero miedo. Ocupaban toda la llanura, a pesar de la multitud llegada a la aldea, apenas eran unos cientos al lado de aquel monstruo que se había asentado tan cerca de ellos.

Aquella noche, mientras los romanos, así se llamaba aquel monstruo que les acechaba, encendían hogueras, en Ulaca los jóvenes participaban en los ritos iniciáticos de purificación: agua y fuego para poder enfrentarse al peligro. En el altar todo estaba preparado para la ofrenda a Cosus, el dios de la guerra y Ateacina, la diosa del renacer. A su alrededor todo el mundo guardaba silencio, entonces salió el sacerdote seguido de sus acólitos, llevaban una cabra y un cabrito, empezaron los cantos rituales, el sacrificio de los animales, la sangre cayendo por el reguero del santuario hasta el cuenco ceremonial. Después… la niebla les envolvió a todos, Nabia apenas recordaba que ocurrió aquella noche, sólo el olor a sangre, a sudor y a hidromiel, el sonido del tambor rítmico como el palpitar de la tierra y despertar sobre la hierba mojada por el rocío al  amanecer.

Cuando comenzó la batalla, todo era confusión, los niños corrían despavoridos, los hombres y las mujeres empuñaban armas para la defensa elevando sus cánticos de guerra.

- Nabia –dijo Amma cogiéndola  por un brazo- Debes buscar a todos los niños y esconderos- su voz era autoritaria pero su mirada dulce- No dejéis que los romanos os maten, sois la única oportunidad de que nuestro pueblo sobreviva.

- Madre, yo quiero luchar –respondió la niña orgullosa- ¡Quiero salvar a mi pueblo!

- ¡Entonces haz lo que te digo! –ordenó su madre. Miró hacia atrás y vio a Castruno que la observaba con impaciencia- ¡Vamos!

Nabia corrió hacia su padre y lo abrazó, él enmarañó torpemente su cabeza y la besó.

- ¡Haz lo que dice tu madre! ¡Ya están cerca! – Echó a correr, los hombres le llamaban.

Ella se volvió hacia su madre llorando. Amma la abrazó fuerte y le susurró al oído.

- Hoy los  dioses parece que nos han abandonado, pero si haces lo que digo, ellos estarán con vosotros. ¡Se valiente hija de Naviae diosa del agua! ¡Perpetúa el clan de Cadaro con tu simiente, esos romanos llevaran nuestra sangre en sus venas y esa será nuestra última venganza!

- ¡Amma! – gritó Castruno a lo lejos. Esta besó a su hija y salió a su encuentro.

Los hallaron al fin escondidos entre la maraña, cuando ya estaban saciados de sangre, borrachos de muerte y destrucción. Eso les salvó la vida, cuando les sacaron de su escondite, toda la aldea estaba envuelta en llamas, los cuerpos mutilados de los que antes habían llenado sus vidas estaban tirados, apilados, prestos a ser incinerados por el fuego. Sin querer esos bárbaros cumplirían con el ritual de la muerte, aunque no fueran acompañados de los cantos fúnebres.

Nabia tuvo que reprimir el deseo de correr hacia sus padres, cuando vio sus cuerpos maltrechos, unidos en un último abrazo, lágrimas de impotencia y dolor brotaron de sus ojos, verdes como las praderas que hasta ahora habían sido suyas.

No se molestaron en atarlos, sólo quedaban niños y ancianos. Les hicieron salir bajo insultos, burlas y amenazas como animales, a golpe de látigo.

Nabia se irguió al traspasar la puerta grande de su aldea, ella era vetona, era del clan de Cadaro acarició las inmensas piedras para que le diesen fuerza y caminó por el senderó que les llevaba al valle, volvió la cabeza hacia atrás con la seguridad de que nunca más podría volver a atravesar sus puertas y siguió adelante.

Ahora para los romanos era Glaucia, pero nunca había dejado de ser vetona, había cumplido con la promesa hecha a su madre, su vientre había dado a luz a hijos e hijas. La sangre vetona corría por la sangre de esos bárbaros que creían que los habían aniquilado, su clan, su estirpe, aun escondida y agazapada, seguiría allí para siempre.

Se acercó hasta el río, la luna llena iluminaba el camino, cerca del agua nació y ahora debía morir a su lado. Se tumbó en el manto de  hierba y sus manos acariciaron el agua…

- Ven diosa del manantial, acoge a tu hija en su seno, envuélveme en tu abrazo y llévame a casa…

Las aguas susurraron su antiguo nombre “Nabia, del vientre de Amma hija de Castruno, ven”